Orar en el Espíritu: experimentar la presencia y la guía de Dios, Lección 11. Leer Daniel 9:1-19. En la oración solo pides ayuda a Dios y rara vez confiesas el pecado; cuando lo haces, terminas condenándote a ti mismo
Pasaje principal: Daniel 9:1-19
Confesar es reconocer con sinceridad nuestros pecados ante Dios y acogernos a su misericordia. Daniel confesó usando “nosotros”, tanto por sí mismo como por el pueblo, y suplicó “no confiados en nuestras justicias, sino en tus muchas miseraciones”. Si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonarnos. El fin de la confesión no es condenarnos una y otra vez, sino llevar el pecado ante Dios y acogernos al perdón que hay en Cristo.
En nuestras oraciones abundan las palabras “ayúdame”, pero escasean las palabras “perdóname”. Incluso cuando recordamos algo que hicimos mal, solemos despacharlo con una frase: “Señor, perdona todos nuestros pecados”. También existe el caso contrario: algunas personas, cuando piensan en su pecado, quedan atrapadas en él. Cuanto más oran, más se reprochan y más indignas se sienten de acercarse otra vez a Dios.
Daniel 9 contiene una oración de confesión. Daniel llevaba varias décadas desterrado en Babilonia y ya era un hombre mayor. Al leer el libro de Jeremías, vio que la desolación de Jerusalén había de concluir “en setenta años” (Daniel 9:2), y comprendió que se acercaba el regreso prometido por Dios. Pero no se limitó a esperar:
Y volví mi rostro al Señor Dios, buscándole en oración y ruego, en ayuno, y cilicio, y ceniza. (Daniel 9:3)
Al leer la promesa de Dios, su primera reacción fue orar, y concretamente orar confesando el pecado. Comenzó así:
Y oré á Jehová mi Dios, y confesé, y dije: Ahora Señor, Dios grande, digno de ser temido, que guardas el pacto y la misericordia con los que te aman y guardan tus mandamientos; Hemos pecado, hemos hecho iniquidad, hemos obrado impíamente, y hemos sido rebeldes, y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus juicios. (Daniel 9:4-5)
Fíjate en que dijo: “Hemos pecado, hemos hecho iniquidad”. Daniel había temido a Dios desde su juventud. En el palacio de un rey extranjero, decidió no contaminarse y, años después, aun sabiendo que había un decreto en su contra, siguió orando a Dios tres veces al día (Daniel 1:8; 6:10). Sin embargo, ante Dios no se situó fuera del pueblo, sino que confesó junto con él. Más adelante explicó que estaba confesando “mi pecado y el pecado de mi pueblo Israel” (Daniel 9:20).
Su confesión fue concreta: no habían escuchado a los profetas, se habían apartado de la ley y había venido sobre ellos el mal; aun así, “no hemos rogado á la faz de Jehová nuestro Dios, para convertirnos de nuestras maldades” (Daniel 9:13). Tampoco se justificó: “Tuya es, Señor, la justicia, y nuestra la confusión de rostro” (Daniel 9:7).
Pero la oración no se quedó en decir lo malos que eran. Mientras confesaba, Daniel se aferró al carácter de Dios: él guarda el pacto y la misericordia, y de él “es el tener misericordia, y el perdonar” (Daniel 9:9). Al final de la oración, suplicó:
Inclina, oh Dios mío, tu oído, y oye; abre tus ojos, y mira nuestros asolamientos, y la ciudad sobre la cual es llamado tu nombre: porque no derramamos nuestros ruegos ante tu acatamiento confiados en nuestras justicias, sino en tus muchas miseraciones. Oye, Señor; oh Señor, perdona; presta oído, Señor, y haz; no pongas dilación, por amor de ti mismo, Dios mío: porque tu nombre es llamado sobre tu ciudad y sobre tu pueblo. (Daniel 9:18-19)
El fundamento de la confesión no es haber reconocido el pecado con suficiente profundidad ni haber llorado lo bastante, sino la misericordia de Dios. La Escritura también subraya que Dios había escuchado su súplica desde el principio. El ángel le dijo: “Al principio de tus ruegos salió la palabra” (Daniel 9:23).
Juan lo expresa con más claridad:
Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad. (1 Juan 1:9)
Dios perdona a quien confiesa porque es “fiel”: él lo ha prometido; y porque es “justo”: Jesucristo “es la propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 2:2). Por eso, después de confesar, no tenemos que seguir cargando sin fin con la culpa. Podemos recibir el perdón, levantarnos y continuar. Pablo distingue dos clases de tristeza: “el dolor que es según Dios, obra arrepentimiento saludable, de que no hay que arrepentirse; mas el dolor del siglo obra muerte” (2 Corintios 7:10). La tristeza según Dios produce arrepentimiento y nos devuelve a él; la tristeza del mundo no produce arrepentimiento y termina en muerte. Para distinguirlas, la pregunta principal no es si sentimos dolor, sino hacia dónde nos conduce ese dolor.
1. La promesa lleva a la oración. Daniel leyó la promesa de Jeremías de que el pueblo volvería cuando se cumplieran los setenta años (Jeremías 25:11; 29:10). En la misma carta, Dios también dice: “Entonces me invocaréis, é iréis y oraréis á mí, y yo os oiré” (Jeremías 29:12). La promesa no lo llevó a quedarse esperando, sino que lo impulsó a orar.
2. “En ayuno, y cilicio, y ceniza”. En aquella época, esta era una manera de expresar dolor y arrepentimiento. Lo importante no era la forma, sino que Daniel tomaba el pecado en serio.
3. “Nosotros” y “yo”. Casi toda la oración habla de “nosotros”. En el versículo 20, Daniel dice que estaba confesando “mi pecado” y el pecado del pueblo. Confesar el pecado de una comunidad no significa cargarlo sobre otros, sino incluirse a uno mismo.
4. “Tuya es, Señor, la justicia, y nuestra la confusión de rostro”. Daniel no justificó al pueblo ni acusó a Dios de ser demasiado severo. En esta oración reconoció que Israel había quebrantado el pacto y que Dios era justo al ejecutar el juicio que ya había anunciado (9:7, 11-14).
5. “Por amor de ti mismo”. Daniel pidió a Dios que hiciera resplandecer su rostro sobre el santuario asolado (Daniel 9:17) y dijo que su nombre era llamado sobre la ciudad y sobre el pueblo (Daniel 9:19). La base de su súplica era el nombre y la misericordia de Dios, no su propio desempeño.
Una aclaración antes de comenzar (léela en voz alta)
Lo que se comparte en el grupo no se cuenta fuera. Hay una excepción: si se trata de un daño que sigue ocurriendo, de la seguridad de un menor o de una persona vulnerable, o de un peligro inmediato de hacerse daño o dañar a otra persona, quien dirige no puede prometer confidencialidad absoluta. Por regla general, intentará hablar primero con la persona y solo comunicará la información imprescindible a quienes puedan ayudar de manera efectiva. Cuando se trate de un menor o de alguien que no puede protegerse, o haya peligro inmediato, no será necesario obtener antes su consentimiento: según el caso, se contactará con un pastor, profesionales cualificados, la policía local o los servicios de emergencia o de salud. Si hay peligro inmediato, se pedirá ayuda en ese momento y no se dejará sola a la persona.
Pregunta inicial: Cuando hacías algo malo de niño, ¿qué solías hacer: esconderlo, buscar excusas o reconocerlo por iniciativa propia? (Quienes vienen por primera vez también pueden participar).
Sugerencia para quien dirige: Basta con una o dos frases, sin hacer comentarios. Mantén un tono ligero; la pregunta sirve para introducir el tema de reconocer una falta.
Repaso de la lección (léelo en voz alta, alrededor de 1 minuto, pensando en quienes no pudieron prepararse)
En esta lección leemos Daniel 9:1-19. Daniel leyó el libro de Jeremías y comprendió que estaban por cumplirse los setenta años de desolación de Jerusalén, así que ayunó y oró. Llamó a Dios grande y digno de ser temido, el Dios que guarda el pacto y la misericordia. Después confesó usando “nosotros”: hemos pecado y hecho iniquidad, y no hemos escuchado a los profetas; tuya es, Señor, la justicia, y nuestra la confusión de rostro. Al final pidió a Dios que escuchara y perdonara: “no derramamos nuestros ruegos ante tu acatamiento confiados en nuestras justicias, sino en tus muchas miseraciones”. El pasaje relacionado es 1 Juan 1:9: si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonarnos. Hoy conversaremos sobre cómo confesar en oración y cómo recibir el perdón.
1. Lean Daniel 9:1-3. ¿Qué leyó Daniel? ¿Qué hizo a continuación?
Sugerencia para quien dirige: Leyó en el libro de Jeremías que la desolación de Jerusalén concluiría en setenta años. Entonces buscó al Señor en oración y ruego, con ayuno, cilicio y ceniza. Observen que, al leer la promesa, no se quedó esperando sin más, sino que oró.
2. Lean los versículos 4-14. ¿Cómo llama y describe Daniel a Dios? ¿Cómo describe a “nosotros”? Encuentren los pecados concretos que confiesa.
Sugerencia para quien dirige: Dios es grande y digno de ser temido; guarda el pacto y la misericordia; es justo, misericordioso y perdonador. “Nosotros” hemos pecado, hecho iniquidad, obrado impíamente, sido rebeldes, nos hemos apartado de sus mandamientos, no hemos escuchado a los profetas y, aun cuando llegó el mal, no le suplicamos que nos hiciera volver. Pueden escribir en dos columnas “Dios es...” y “nosotros somos...”.
3. Lean los versículos 15-19. ¿Qué pide Daniel a Dios? ¿En qué fundamenta su súplica?
Sugerencia para quien dirige: Le pide que aparte su ira, escuche, haga resplandecer su rostro sobre el santuario, perdone y actúe. La base es que no ruegan confiados en sus propias justicias, sino en sus muchas misericordias, y también el nombre de Dios.
4. Daniel temió a Dios durante toda su vida, pero al confesar utilizó “nosotros”. ¿Qué nos enseña esto acerca de confesar los pecados de las comunidades a las que pertenecemos y en los que realmente participamos?
Sugerencia para quien dirige: Esta es una de las preguntas centrales de la lección; dedíquenle más tiempo. Daniel era miembro del pueblo del pacto. No se quedó fuera señalando a los demás, sino que se incluyó; en el versículo 20 confesó también “mi pecado”. Podemos reconocer los pecados en los que realmente hemos participado, que hemos tolerado o cuya responsabilidad compartimos. Si no hemos participado en un pecado, debemos interceder por esa situación, no confesar en lugar de otros ni declarar que otros ya se han arrepentido.
5. Lean 1 Juan 1:8-2:2 y 2 Corintios 7:10. ¿Qué hace Dios después de nuestra confesión? ¿En qué se diferencia “el dolor que es según Dios” del “dolor del siglo”? ¿Cómo ayuda esto a quien, después de confesar, solo sabe culparse?
Sugerencia para quien dirige: Esta es una pregunta central. Dios es fiel y justo: perdona y limpia. Tenemos un abogado, y él es la propiciación por nuestros pecados. El dolor según Dios produce arrepentimiento y lleva a la persona de vuelta a Dios; el dolor del mundo no produce arrepentimiento y termina en muerte. La pregunta principal no es si hay dolor, sino hacia dónde lleva. Después de confesar, podemos creer en el perdón, levantarnos y continuar.
6. (Pregunta opcional, si tienen tiempo) Cuando Daniel leyó la promesa de Dios, su primera reacción fue orar confesando el pecado. ¿Qué relación existe entre las promesas de Dios y nuestra oración y arrepentimiento?
Sugerencia para quien dirige: La promesa no nos hace quedarnos esperando, sino que nos impulsa a orar. En la misma carta, Jeremías 29:12 dice: “Entonces me invocaréis, é iréis y oraréis á mí”. Dios cumplirá su promesa y, al mismo tiempo, invita a su pueblo a volver, orar y participar en ella.
7. En tus oraciones, ¿sueles despachar la confesión con una frase o te acercas a Dios de manera concreta? ¿Qué te dificulta hacerlo, o qué hace que, cuando confiesas, quedes atrapado en la culpa?
Sugerencia para quien dirige: Algunas razones habituales son no ver el propio pecado, tener miedo de afrontarlo, querer guardar las apariencias, pensar que las cosas pequeñas no necesitan confesión o creer que confesar significa castigarse. Basta con una frase; nadie tiene que contar un pecado concreto.
8. ¿Cómo te gustaría practicar la oración de confesión esta semana?
Sugerencia para quien dirige: Anima a dar un paso concreto y breve: antes de dormir, recordar una cosa, confesarla a Dios y después leer 1 Juan 1:9 para recibir el perdón. Si alguien ha herido a otra persona, también puede pensar cómo buscar la reconciliación (Mateo 5:23-24). Si hubo un daño grave, una desigualdad de poder o la otra persona ya pidió que no la contacten, primero conviene pedir ayuda a un pastor o a un profesional adecuado para discernir el paso correcto, respetando la seguridad y los límites de la otra persona. En la oración que sigue, confesarán juntos en silencio.
En esta lección, primero confesamos en silencio y después recibimos juntos el perdón. Guarden silencio durante dos o tres minutos; cada persona puede confesar ante Dios, sin decirlos en voz alta, uno o dos pecados concretos. Después, quien dirige lee despacio 1 Juan 1:9 y todos dicen “amén”. Quienes lo deseen pueden dar gracias a Dios en voz alta por su perdón. También pueden seguir el ejemplo de Daniel y usar “nosotros” para confesar los pecados de su propia iglesia: reconozcan los pecados que realmente comparten o han tolerado, sin señalar a nadie. Quien no quiera hablar puede orar en silencio; eso también es oración. Las personas que vienen por primera vez no tienen que hablar. Al final, quien dirige cierra la oración. Los motivos de oración se quedan dentro del grupo; los asuntos delicados no se escriben en la App ni se envían al chat del grupo. Por regla general, se pide primero permiso antes de anotar en privado una o dos frases imprescindibles para dar seguimiento. Cuando esté en juego la seguridad de un menor o de alguien que no puede protegerse, o exista peligro inmediato de autolesión o de dañar a otra persona, no hace falta obtener antes su consentimiento: hay que contactar de inmediato con los servicios locales de emergencia, la policía o una entidad de protección adecuada.
Pueden comenzar así (orientación para la oración):
Señor, Dios grande y digno de ser temido, Tú guardas el pacto y la misericordia. Hemos pecado: algunas cosas las hicimos y otras, aunque debíamos hacerlas, las dejamos sin hacer. Muchas veces solo Te pedimos ayuda y pocas veces confesamos; otras veces confesamos y después solo sabemos reprocharnos. Señor, Tú eres justo y también misericordioso y perdonador. Nos presentamos ante Ti no confiados en nuestras justicias, sino en Tus muchas misericordias. Perdónanos, límpianos de toda maldad y ayúdanos a levantarnos sostenidos por Tu perdón. En el nombre de Jesús. Amén.
Después de orar, cada persona puede elegir una de las siguientes acciones para esta semana. Basta con una; si ahora mismo no sabes cuál elegir, no pasa nada.
No hace falta registrarlo ni informar a nadie. Si quieres, puedes contar cómo te fue en la próxima reunión. Si no lo haces, lleva a la oración aquello que te lo impidió.
Pueden elegir la lección “Oraciones de gratitud” (Lucas 17:11-19) o “Interceder por los demás” (Génesis 18:16-33).