A veces Dios accede a nuestras peticiones obstinadas · Grupos pequeños

Orar en el Espíritu: experimentar la presencia y la guía de Dios, Lección 6. Leer 1 Samuel 8. Te has convencido de que cierto trabajo, cierta persona o cierta ciudad es lo que quieres; tu oración se limita a “por favor, concédemelo” y ya no escuchas a quien te aconseja otra cosa

Pasaje principal: 1 Samuel 8

Podemos expresar nuestros deseos a Dios, pero también debemos entregárselos. Dios no obliga a las personas a cambiar de corazón mediante la fuerza; cuando los israelitas insistieron en tener rey, después de advertirles con claridad permitió que siguieran el camino que habían escogido y cargaran con sus consecuencias. Por eso debemos humillarnos al orar y decir, como el Señor Jesús: “No se haga mi voluntad, sino la tuya”.

Introducción

“Tiene que ser este trabajo”. “Tiene que ser él; por bueno que sea otro, no lo quiero”. “Tengo que irme a esa ciudad”. Cuando nos empeñamos en algo, nuestra oración queda reducida a una sola frase: “Señor, concédemelo”. Si alguien cercano intenta aconsejarnos, nos incomodamos; si al leer la Biblia encontramos algo que no coincide con lo que queremos, pasamos de largo. Decimos “que el Señor me guíe”, pero por dentro ya hemos decidido y solo esperamos que Dios ponga su sello de aprobación.

1 Samuel 8 cuenta que los israelitas insistieron en tener rey. Samuel era anciano, y sus dos hijos “se ladearon tras la avaricia, recibiendo cohecho y pervirtiendo el derecho” (1 Samuel 8:3). Los ancianos de Israel se reunieron para verlo:

Y dijéronle: He aquí tú has envejecido, y tus hijos no van por tus caminos: por tanto, constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como todas las gentes. (1 Samuel 8:5)

Su preocupación era real: Samuel había envejecido y sus hijos no andaban bien. Pedir un rey tampoco era necesariamente malo; mucho antes, la ley de Moisés ya había hablado de la futura designación de un rey (Deuteronomio 17:14-15). El problema aparece en las palabras “como todas las gentes”. Más tarde lo dicen con mayor claridad: quieren un rey que “nos gobernará, y saldrá delante de nosotros, y hará nuestras guerras” (1 Samuel 8:20). Sin embargo, en el capítulo anterior, Jehová acababa de tronar con gran estruendo y derrotar a los filisteos por ellos. Samuel incluso había levantado una piedra y la había llamado Eben-ezer, diciendo: “Hasta aquí nos ayudó Jehová” (1 Samuel 7:12).

Samuel se disgustó mucho, pero no discutió con los ancianos; primero oró a Jehová. La respuesta de Jehová resulta sorprendente:

Y dijo Jehová á Samuel: Oye la voz del pueblo en todo lo que te dijeren: porque no te han desechado á ti, sino á mí me han desechado, para que no reine sobre ellos. (1 Samuel 8:7)

Dios no aplastó al pueblo mediante la fuerza. Dijo a Samuel que escuchara su voz, pero antes debía advertirles con toda claridad: aquel rey tomaría a sus hijos e hijas, sus tierras y sus rebaños, y “seréis sus siervos”; además, “clamaréis aquel día á causa de vuestro rey que os habréis elegido, mas Jehová no os oirá en aquel día” (1 Samuel 8:17-18). Después de oírlo, el pueblo siguió diciendo:

Empero el pueblo no quiso oir la voz de Samuel; antes dijeron: No, sino que habrá rey sobre nosotros: Y nosotros seremos también como todas las gentes, y nuestro rey nos gobernará, y saldrá delante de nosotros, y hará nuestras guerras. (1 Samuel 8:19-20)

“No”: escucharon toda la advertencia, pero no cambiaron de parecer. Entonces Jehová dijo a Samuel: “Oye su voz, y pon rey sobre ellos” (1 Samuel 8:22). Dios permitió lo que ellos insistían en pedir, y recibieron el rey que querían. La historia posterior cumplió también las palabras de Samuel: cuando el hijo de Salomón subió al trono, el pueblo le dijo: “Tu padre agravó nuestro yugo” (1 Reyes 12:4) y le pidió que aliviara la dura servidumbre y el yugo pesado que su padre les había impuesto.

Algo parecido había ocurrido en el desierto. Los israelitas se negaron a entrar en Canaán y se quejaron: “¡Ojalá muriéramos en la tierra de Egipto; ó en este desierto ojalá muriéramos!” (Números 14:2). Jehová respondió: “Según habéis hablado á mis oídos, así haré yo con vosotros” (Números 14:28). De aquella generación de adultos censados, todos menos Josué y Caleb cayeron en el desierto.

Al colocar juntos estos dos acontecimientos, sentimos su gravedad: Dios toma en serio las palabras en las que insistimos. No los detuvo mediante una imposición externa; después de advertirles con claridad, permitió que siguieran el camino que habían escogido y cargaran con sus consecuencias. Esto no significaba aprobar su rebelión, sino responder con seriedad al hecho de que lo habían desechado. Un salmo que recuerda los días del desierto dice: “Y él les dió lo que pidieron; mas envió flaqueza en sus almas” (Salmos 106:15). Recibir aquello que insistimos en tener no significa necesariamente recibir una bendición.

Esto no quiere decir que, cuando Dios concede nuestros deseos, en realidad nos esté castigando; tampoco pretende que desde ahora tengamos miedo de expresarle lo que deseamos. Podemos decirle nuestros deseos, pero también debemos entregárselos. En Getsemaní, el Señor Jesús expresó con toda claridad lo que quería: “Padre, si quieres, pasa este vaso de mí”; e inmediatamente añadió: “Empero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42). Puestos lado a lado, estos dos relatos son como un espejo espiritual: el pueblo insistió por medio de Samuel diciendo “No, sino que habrá rey sobre nosotros”; el Señor Jesús expresó su deseo al Padre diciendo “Empero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. En el primer caso, queremos que Dios haga nuestra voluntad; en el segundo, nos ponemos en las manos de la voluntad de Dios.

También debemos recordar algo más: aunque el pueblo se obstinó en tener rey, Dios no lo abandonó. Más tarde Samuel les dijo: “Jehová no desamparará á su pueblo por su grande nombre; porque Jehová ha querido haceros pueblo suyo” (1 Samuel 12:22). Después Dios levantó en aquel reino a David, “varón según su corazón” (1 Samuel 13:14), y de la descendencia de David trajo para nosotros al verdadero Rey: el Señor Jesús. Dios aún puede redimir los caminos que recorrimos con obstinación; pero eso es gracia suya, no una excusa para seguir obstinados.

Notas de estudio

1. La razón de los ancianos era real. Samuel realmente era anciano y sus hijos realmente no andaban por sus caminos (8:1-5). Un deseo obstinado suele comenzar con una necesidad verdadera. El problema aparece cuando damos por sentado que solo existe una respuesta, y esa respuesta es ser “como todas las gentes”.

2. Tener rey no era malo en sí mismo. Deuteronomio ya había previsto que Israel tendría rey, pero debía ser “al que Jehová tu Dios escogiere” (Deuteronomio 17:15) y leer la ley durante toda su vida. El error de Israel consistió en querer un rey como el de las demás naciones, desplazando a Jehová del lugar de Rey (1 Samuel 8:7).

3. Samuel oró primero. La petición lo “descontentó”, pero no discutió con los ancianos: “Y Samuel oró á Jehová” (1 Samuel 8:6). Después de escuchar la insistencia del pueblo, volvió a referir sus palabras “en oídos de Jehová” (1 Samuel 8:21). Más adelante dijo: “Lejos sea de mí que peque yo contra Jehová cesando de rogar por vosotros” (1 Samuel 12:23).

4. Antes de “oír su voz” hubo una advertencia. Jehová dijo tres veces a Samuel que oyera la voz del pueblo (8:7, 9, 22), pero la segunda vez añadió de inmediato: “Mas protesta contra ellos” (1 Samuel 8:9). Dios permitió que el pueblo supiera con toda claridad qué estaba eligiendo antes de hacerlo.

5. Recibir lo pedido y recibir bendición son dos cosas distintas. Salmos 106:15 recuerda la ocasión en que el pueblo codició carne en el desierto (Números 11): “Y él les dió lo que pidieron; mas envió flaqueza en sus almas”. Esto no significa que las respuestas de Dios sean una trampa, sino que aquello que nuestro corazón desea no siempre es bueno para nosotros.

Conversación

Apertura (unos 10 minutos)

Para comenzar: ¿Alguna vez hubo algo o alguna decisión que querías “a toda costa” —un juguete de la infancia, una escuela o un trabajo, por ejemplo—? ¿Qué pasó después? (Quien viene por primera vez también puede responder.)

Orientación para quien dirige: Basta con una o dos frases, sin comentarios. Algunos se alegraron mucho al conseguirlo; otros descubrieron después que no era lo que imaginaban. Ambas experiencias ayudan a introducir el tema.

Repaso de la lección (quien dirige lo lee en voz alta; aproximadamente 1 minuto, para quienes no se prepararon)

Esta lección estudia 1 Samuel 8. Samuel había envejecido y sus hijos no andaban por sus caminos. Los ancianos de Israel fueron a pedirle: “Constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como todas las gentes”. Samuel se disgustó y oró. Jehová le dijo: “Oye la voz del pueblo, porque no te han desechado á ti, sino á mí”. Samuel advirtió al pueblo como se le había ordenado: el rey tomaría a sus hijos e hijas, sus campos y sus rebaños, y ellos serían sus siervos. Sin embargo, el pueblo respondió: “No, sino que habrá rey sobre nosotros”. Entonces Jehová dijo a Samuel que les pusiera rey. El pasaje relacionado es Números 14: Israel dijo que ojalá muriera en el desierto, y Dios hizo con ellos según habían hablado. También leemos Lucas 22:42, donde el Señor Jesús dice: “No se haga mi voluntad, sino la tuya”. Hoy conversaremos sobre cómo orar cuando nuestro corazón se ha aferrado a algo.

Observación

1. Lee 1 Samuel 8:1-9. ¿Por qué querían los ancianos un rey? ¿Qué clase de rey querían? ¿Cómo respondió Samuel?

Orientación para quien dirige: Samuel había envejecido y sus hijos se habían apartado tras la avaricia y el cohecho; ellos querían un rey “como todas las gentes”. Samuel se disgustó, pero primero oró a Jehová. Pueden observar el versículo 7: Jehová dijo que no habían desechado a Samuel, sino a Jehová mismo.

2. Lee los versículos 10-18. ¿Cómo dijo Samuel que los trataría el rey? ¿Cuál fue la última advertencia?

Orientación para quien dirige: Tomaría a sus hijos e hijas, sus campos, sus viñas, la décima parte de sus cosechas y sus rebaños; ellos serían siervos del rey. En el versículo 18, clamarían a Jehová a causa del rey que habían elegido, pero Jehová no los oiría aquel día. Pide al grupo que observe cuántas veces aparece el verbo “tomar”.

3. Lee los versículos 19-22 y después Números 14:2, 28-29. ¿Qué dijo el pueblo después de oír la advertencia? ¿Cómo respondió Dios a estas dos insistencias?

Orientación para quien dirige: El pueblo dijo: “No, sino que habrá rey sobre nosotros”; Jehová respondió: “Oye su voz, y pon rey sobre ellos”. En el desierto dijeron: “En este desierto ojalá muriéramos”, y Dios respondió: “Según habéis hablado á mis oídos, así haré yo con vosotros”. Lean primero el texto con precisión; en la pregunta siguiente hablarán del porqué.

Interpretación

4. ¿Por qué Dios “oyó la voz” del pueblo en lugar de negarse de plano? ¿Qué te enseña esto acerca de Dios?

Orientación para quien dirige: Es una de las preguntas centrales; dedíquenle tiempo. Dios no los detuvo mediante la fuerza; después de advertirles, permitió que siguieran el camino en el que insistían y cargaran con las consecuencias. Esto no era aprobación, sino una respuesta seria al hecho de que lo habían desechado. Su advertencia clara fue misericordia, y más tarde tampoco abandonó al pueblo (1 Samuel 12:22). No lo conviertas en “Dios nos castiga concediéndonos lo que pedimos”.

5. Compara “No, sino que habrá rey sobre nosotros” de 1 Samuel 8:19 con “Empero no se haga mi voluntad” de Lucas 22:42. En ambos casos se expresa un deseo ante Dios. ¿En qué se diferencian estas dos maneras de hacerlo?

Orientación para quien dirige: Es una pregunta central. El Señor Jesús también expresó su deseo con claridad y gran intensidad, pero dejó el resultado en manos del Padre. Israel ya había tomado una decisión; solo quería que Dios la cumpliera y no escuchaba las advertencias. Podemos expresar nuestros deseos, pero también debemos entregárselos.

6. (Pregunta opcional, si hay tiempo.) El pueblo consiguió obstinadamente un rey, pero Dios levantó después a David dentro de aquel reino y trajo al Señor Jesús de su descendencia. ¿Qué consuelo nos da esto y qué cuidado debemos tener?

Orientación para quien dirige: Consuelo: Dios todavía puede redimir los caminos que recorrimos con obstinación; no abandonó a su pueblo. Cuidado: eso es gracia suya y no una excusa para seguir obstinados. En 1 Samuel 12, Samuel todavía llama al pueblo al arrepentimiento y a servir a Jehová con todo el corazón.

Aplicación

7. ¿Hay ahora mismo algo a lo que te hayas aferrado? Cuando oras por ello, ¿tu oración se parece más a “No, sino que habrá rey sobre nosotros” o a “Empero no se haga mi voluntad, sino la tuya”?

Orientación para quien dirige: No hace falta contar detalles. Expresar un deseo delante de Dios no es malo en sí mismo; el deseo también debe examinarse a la luz de la Escritura. Pueden hablar de lo difícil que resulta “entregarlo”. Quien dirige puede compartir primero un ejemplo propio.

8. ¿Cómo respondes normalmente cuando alguien cercano —un familiar, un hermano o hermana, un pastor— intenta aconsejarte? ¿Cómo estás dispuesto a entregar este asunto durante la semana?

Orientación para quien dirige: La advertencia de Samuel fue misericordia de Dios para el pueblo; a veces también lo son los consejos de quienes nos rodean. Anima a dar un paso concreto: escribir el deseo y añadir “empero”; contárselo a uno o dos hermanos o hermanas de confianza que se atrevan a decirte la verdad, y orar juntos. La oración que sigue será por estos asuntos.

Oración y práctica

Oremos juntos (unos 15 minutos)

Guarden primero un minuto de silencio y que cada persona lleve ante Dios algo a lo que se ha aferrado. Después, quienes quieran orar en voz alta pueden hacerlo en una o dos frases: expresen primero el deseo y después entréguenlo siguiendo el ejemplo del Señor Jesús: “Empero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. También pueden orar por quienes están tomando decisiones dentro del grupo. Orar en silencio también es orar, y quien viene por primera vez no tiene que hacerlo en voz alta. Al final, quien dirige reúne las peticiones, da gracias e intercede por el grupo. Los motivos de oración permanecen dentro del grupo; los asuntos sensibles no se escriben en la aplicación ni se envían al chat. Si hace falta dar seguimiento, quien dirige pide permiso a la persona y anota en privado solo una o dos frases necesarias.

Pueden comenzar así (orientación para la oración):

Padre celestial, Tú sabes a qué cosas se ha aferrado nuestro corazón y cuánto las deseamos. Muchas veces decimos que buscamos Tu dirección, pero por dentro ya hemos decidido y solo esperamos que hagas lo que queremos; tampoco escuchamos cuando otros nos aconsejan. Perdona nuestra obstinación. Gracias porque una y otra vez nos adviertes y recuerdas Tu voluntad por medio de Tu Palabra. Hoy expresamos nuestros deseos y también los ponemos en Tus manos: empero no se haga nuestra voluntad, sino la Tuya. En el nombre de Jesús, amén.

Lista de acciones de esta semana (unos 5 minutos)

Después de orar, cada persona escoge una de las siguientes acciones para hacerla esta semana. Basta con una; si ahora no sabes cuál escoger, no pasa nada.

No hace falta registrarlo ni informar a nadie. Quien quiera puede contarlo en la próxima reunión. Si no llegas a hacerlo, lleva a la oración aquello que te lo impidió.

Para seguir conversando

Pueden escoger la lección “Cuando la oración no se cumple como esperaba” (Lucas 22:39-46) o la lección “Discernir la guía del Espíritu Santo” (Hechos 21:7-14).

Guía para quien dirige