Criar a los hijos, Lección 8. Leer Lucas 15:11-32. Tu hijo no sigue el camino que esperabas y quizá incluso se aleje de la fe
Pasaje principal: Lucas 15:11-32
Cuando un hijo no sigue el camino que esperábamos e incluso abandona la fe, sus padres dan vueltas en la cama preguntándose: ¿no supe educarlo? El padre del relato de Jesús vio al hijo cuando todavía estaba lejos, fue movido a misericordia y corrió a abrazarlo. No podemos regresar a casa en lugar de nuestros hijos, pero sí podemos mantener abierta la puerta de la relación dentro de límites seguros y claros, y dejar el desenlace en manos de Dios.
Esta lección está escrita para los padres que ahora mismo llevan dolor en el corazón.
Algunos hijos han abandonado la fe, han cortado el contacto con la familia o viven de una manera que claramente los daña. Otros hijos adultos simplemente han elegido un trabajo o un círculo de amigos que sus padres no conocen. Esto último no significa necesariamente que se hayan desviado. Los padres deben discernir primero si su preocupación nace de un peligro real o de que sus propias expectativas no se han cumplido. Cuando un familiar pregunta “¿cómo está tu hijo últimamente?”, las palabras se nos atascan en la garganta.
La noche es lo más difícil. Repasamos una y otra vez: ¿en qué paso me equivoqué? ¿Fui demasiado estricto? ¿Estuve demasiado ocupado? ¿No debería haberle hablado así aquella vez?
Todos conocemos la historia de Lucas 15. Esta vez la leeremos desde el lugar del padre.
El relato comienza con unas palabras muy duras: el hijo menor dice a su padre: “Padre, dame la parte de la hacienda que me pertenece” (Lucas 15:12). Pedir que se reparta la herencia mientras el padre aún vive supone una ruptura grave de la relación familiar. Los estudiosos discrepan sobre si equivalía a desear la muerte del padre, así que no debemos presentarlo como un dato histórico seguro.
Después llega una frase inesperada: “Y les repartió la hacienda” (Lucas 15:12). El reparto forma parte de la narración de la parábola y prepara la escena posterior, en la que el padre recibe activamente al hijo que vuelve. No establece una norma según la cual los padres deban dejar hacer o entregar dinero cuando tratan con un menor, una adicción o una conducta ilegal.
El hijo partió a una provincia apartada, malgastó todo, sufrió una gran hambre y terminó apacentando puercos, deseando llenar el vientre con las algarrobas que estos comían (Lucas 15:14-16). La Escritura dice que “volviendo en sí” (Lucas 15:17).
Entonces aparece la frase más conmovedora de todo el capítulo:
Y como aun estuviese lejos, viólo su padre, y fué movido á misericordia, y corrió, y echóse sobre su cuello, y besóle. (Lucas 15:20)
Cuando todavía estaba lejos, el padre lo vio, fue movido a misericordia y corrió a recibirlo. Esta sucesión de acciones muestra con claridad su misericordia activa y apremiante. Algunas personas sostienen que correr así habría resultado poco digno para un patriarca adulto en aquella cultura; el texto no lo explica y no debemos convertir esa idea en un dato seguro. El hijo ni siquiera terminó el discurso que había preparado —“hazme como á uno de tus jornaleros”— cuando el padre ya mandó a sus siervos: “Sacad el principal vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y zapatos en sus pies” (Lucas 15:22). El vestido, el anillo, los zapatos y la fiesta posterior expresan juntos algo públicamente: el padre recibe a este hijo y restaura su lugar dentro de la casa. No hay un periodo de prueba; recupera de inmediato su condición de hijo.
El relato incluye a un segundo hijo. No se fue a una provincia apartada, pero su corazón también estaba lejos: “He aquí tantos años te sirvo, no habiendo traspasado jamás tu mandamiento, y nunca me has dado un cabrito” (Lucas 15:29). Se relacionaba con su padre desde sus méritos y vivía como un jornalero. El padre actuó con él de la misma manera: “Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrase” (Lucas 15:28). El padre salió al encuentro de los dos hijos.
Los padres pueden aprender cuatro cosas de este padre.
Primero, renunciar al control no significa aprobar. El padre no aprobó retrospectivamente la vida del hijo en la provincia apartada, pero después salió activamente a recibirlo. Frente a hijos adultos, podemos aprender a renunciar al control y mantener al mismo tiempo una relación apropiada y los límites necesarios.
Segundo, no conviertan las decisiones del hijo en una sentencia contra ustedes mismos. El hijo tiene voluntad propia. Podemos examinarnos y pedir perdón, pero no tenemos que juzgarnos cada día. Tampoco debemos convertir su debilidad en una vergüenza familiar por miedo a la mirada de parientes y amigos.
Tercero, mantengan abierta la puerta. Un saludo periódico sin sermón; recordar su cumpleaños; hacerle saber que, cuando vuelva, habrá comida caliente. Mantener abierta la puerta es uno de los servicios más poderosos de los padres.
Cuarto, cuiden su propio corazón. No permitan que los consuma el resentimiento del hijo mayor: “He hecho tanto por ti; ¿cómo te atreves?”. Esta amargura puede cerrar la puerta desde dentro el día en que el hijo realmente regrese.
También hay que aclarar dos cosas. Mantener abierta la puerta no significa tolerar el daño. Si el hijo está atrapado en una adicción, la violencia o una conducta ilegal, el amor necesita límites. Puede ser necesario dejar de darle dinero, negarse a permitir violencia, amenazas o actos ilegales dentro de casa y llamar a la policía cuando haga falta. La posibilidad de mantener la relación y la manera de hacerlo deben someterse a la seguridad, la ley y la evaluación de profesionales. A veces, suspender el contacto de manera temporal o incluso prolongada es necesario para proteger tanto a la persona como a su familia. Además, esta parábola no garantiza el desenlace. En el relato, el hijo menor regresó. En la vida real, algunos hijos aún están lejos y quizá no vuelvan en toda su vida. Lo que podemos hacer es mantener abierta con fidelidad la puerta que corresponda y confiar el desenlace al Padre que los ama más que nosotros.
Cuando Jesús contó esta historia, se dirigía a los líderes religiosos que se quejaban de que recibía a los pecadores (Lucas 15:1-2). El final es especial: no se dice si el hijo mayor entró. La puerta queda abierta.
No podemos volver a casa en lugar de nuestros hijos ni garantizar el día de su regreso. Podemos mantener la invitación a relacionarnos dentro de límites seguros y claros, seguir orando, continuar buscando ayuda y dejar el desenlace que no vemos en manos de Dios.
1. Pedir la herencia. Exigir que se reparta la herencia mientras el padre aún vive supone una ruptura grave de la relación familiar. Los estudiosos discrepan sobre si equivalía a desear su muerte, así que no conviene presentarlo como una certeza. El relato deja claro desde el principio que el daño es real y no es un asunto menor.
2. El padre “corrió”. Cuando el hijo aún estaba lejos, su padre lo vio, fue movido a misericordia y corrió a recibirlo. El texto no explica por qué corrió, pero esta sucesión de acciones muestra una misericordia activa y apremiante: así retrata Jesús a Dios. Algunas personas sostienen que correr así habría sido poco digno para un patriarca adulto en aquella cultura; es una inferencia cultural posterior y no debe presentarse como un dato seguro.
3. El vestido, el anillo y los zapatos. Estos objetos, junto con la fiesta, expresan públicamente que el padre lo recibe y restaura su lugar dentro de la casa. Interpretar cada objeto por separado como honor, autoridad y libertad es una explicación tradicional; el texto no define el significado de cada uno. Lo importante es que el padre no le exige trabajar primero como jornalero para expiar su culpa, sino que restablece inmediatamente su condición de hijo.
4. El hijo mayor también está lejos. Está físicamente en casa, pero se relaciona con su padre desde sus propios méritos (15:29). Jesús contó la parábola a los líderes religiosos que se quejaban de que recibía a los pecadores (15:1-2).
5. El final que no está escrito. La parábola no dice si el hijo mayor terminó entrando. La puerta queda abierta y la decisión corresponde a quienes escuchan: entonces, a los fariseos; hoy, también a nosotros.
Primero, una aclaración (la persona que dirige la lee en voz alta)
Lo que se comparte en el grupo no se cuenta fuera. Pero hay una excepción: si se trata de un daño que está ocurriendo, de la seguridad de un niño o de una persona vulnerable, o de un peligro inmediato de que alguien se haga daño o dañe a otra persona, quien dirige no puede prometer confidencialidad absoluta. Por lo general, primero procurará hablarlo con la persona afectada y comunicará solo la información necesaria a quienes puedan ayudar de verdad. Si se trata de un niño, de alguien que no puede protegerse o de un peligro inmediato, no será necesario obtener antes el consentimiento; según la situación, se acudirá a un pastor, a profesionales cualificados, a la policía local o a los servicios de emergencia o de salud. Ante un peligro inmediato, hay que pedir ayuda en ese mismo momento y no dejar sola a la persona.
Pregunta inicial: ¿Hay en tu casa algún objeto que “espere el regreso de alguien”: una luz encendida, un plato de comida o una llave? (Quien viene por primera vez también puede compartir.)
Sugerencia para quien dirige: Conversen de forma relajada. Esta pregunta introduce la experiencia de “esperar” y prepara la frase posterior: “como aun estuviese lejos, viólo su padre”.
Resumen de la lección (la persona que dirige lo lee en voz alta; aproximadamente 1 minuto, pensando en quienes no hicieron la lectura previa)
Esta lección estudia Lucas 15:11-32. Un hombre tenía dos hijos. El menor dijo a su padre: dame la parte de la hacienda que me pertenece; el padre repartió la hacienda entre ellos. El hijo menor partió a una provincia apartada, vivió perdidamente y malgastó sus bienes. Después vino una gran hambre, comenzó a pasar necesidad y terminó apacentando puercos, deseando comer las algarrobas de estos. Volviendo en sí, pensó: los jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan y yo aquí perezco de hambre; me levantaré e iré a mi padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio, fue movido a misericordia, corrió, se echó sobre su cuello y lo besó. El hijo dijo: he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado tu hijo. Pero el padre mandó a sus siervos que sacaran el principal vestido, le pusieran un anillo y zapatos y mataran el becerro grueso para celebrar una fiesta. El hijo mayor volvió del campo, oyó la música y las danzas y se enojó al saber lo que sucedía; no quería entrar, y su padre salió a rogarle. Él dijo: te sirvo desde hace tantos años y nunca me diste un cabrito. El padre respondió: hijo, tú siempre estás conmigo y todas mis cosas son tuyas; era necesario hacer fiesta porque tu hermano estaba muerto y ha revivido, se había perdido y ha sido hallado. Hoy conversaremos sobre qué pueden hacer los padres cuando un hijo se aleja.
1. Lean los versículos 11-19. ¿Qué hizo el hijo menor? ¿Hasta qué situación llegó? ¿Cómo pensaba regresar?
Sugerencia para quien dirige: Pidió su parte de la herencia, partió a una provincia apartada y malgastó sus bienes. Después vino una gran hambre; terminó apacentando puercos y deseando comer sus algarrobas. Volviendo en sí, decidió regresar y decir: ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros.
2. Lean los versículos 20-24. ¿Qué hace el padre? ¿Qué acciones realiza una tras otra? ¿Qué manda a sus siervos que traigan para el hijo?
Sugerencia para quien dirige: Lo ve cuando todavía está lejos; es movido a misericordia, corre, lo abraza y lo besa. Manda traer el principal vestido, un anillo y zapatos, y después matar el becerro grueso. La Escritura solo narra estas acciones; no cuenta qué hacía el padre cada día mientras el hijo estaba lejos.
3. Lean los versículos 25-32. ¿Dónde estaba el hijo mayor? ¿Por qué se enojó? ¿Cómo lo trató el padre?
Sugerencia para quien dirige: Estaba en el campo y solo supo lo ocurrido cuando regresó y oyó la música y las danzas. Se enojó y no quiso entrar; dijo que había servido muchos años sin desobedecer. El padre salió a rogarle y le dijo: hijo, tú siempre estás conmigo y todas mis cosas son tuyas.
4. ¿Qué clase de gracia muestra el padre al recibir activamente al hijo que vuelve? Al aplicar esta parábola a los padres, ¿qué podemos comparar y qué no debemos trasladar directamente?
Sugerencia para quien dirige: Esta es la pregunta central; dedíquenle más tiempo. Podemos comparar el hecho de no retener a una persona mediante el control ni aprobar retrospectivamente su manera de vivir y, sin embargo, salir activamente a su encuentro cuando regresa. Lo que no podemos trasladar directamente es convertir este pasaje en una norma que obligue a los padres a dejar hacer o entregar dinero cuando tratan con un menor, una adicción o una conducta ilegal. Pueden hablar de los métodos con que solemos intentar “retener” a los hijos y de sus resultados.
5. (Pregunta opcional, si hay tiempo.) La Escritura no dice cómo esperó el padre cada día. ¿Qué nos muestran “como aun estuviese lejos, viólo su padre” y las acciones que siguen acerca de su respuesta al hijo que regresa? ¿Qué consuelo ofrece esto a los padres que están esperando?
Sugerencia para quien dirige: Lo vio, fue movido a misericordia, corrió, lo abrazó y lo besó. Lo importante es que mostró activamente misericordia cuando el hijo volvió, no inventar dónde se quedaba esperando cada día. El consuelo es que Dios trata así a quien regresa. En los días en que no se ve el resultado, la oración y la paciencia de los padres también son amor.
6. El hijo mayor está en casa, pero su corazón está lejos. ¿Qué clase de amargura deben vigilar los padres —o los hijos que siempre se han portado bien—?
Sugerencia para quien dirige: “He hecho tanto por ti; ¿cómo te atreves?”. Ese resentimiento puede cerrar la puerta desde dentro el día en que el hijo regrese. El padre salió al encuentro de los dos; nosotros también debemos cuidar nuestro corazón.
7. Si quieres, sin decir nombres ni relatar lo ocurrido, comparte solamente esto: ¿cómo quisieras que Dios te sostuviera para seguir amando a esa persona que te preocupa? (También se puede saltar la pregunta; quien viene por primera vez puede compartir.)
Sugerencia para quien dirige: Escuchen sin dar consejos ni garantías. Puede que alguien llore; denle tiempo. Hablen con esa persona en privado después de la reunión y, cuando haga falta, pidan que un pastor la acompañe.
8. Esta semana, dentro de límites seguros y apropiados, ¿cómo podrías expresar que todavía estás dispuesto a amar a esa persona? Si hay daño en esta relación, ¿a quién debes pedir ayuda primero para aclarar juntos los límites?
Sugerencia para quien dirige: Cuanto más concreto, mejor: si es seguro y apropiado, enviar un saludo sin sermones; anotar su cumpleaños; escribir primero a Dios lo que quisieras decirle, en vez de enviárselo. Si hay daño en la relación, consulta primero con profesionales y con un pastor para aclarar los límites, y después decide si conviene contactar. La lista de acciones siguiente continúa en esa dirección.
Inviten a alguien a leer despacio Lucas 15:20-24 y guarden un minuto de silencio. Cada persona puede decir en su interior el nombre de quien le preocupa y ponerlo en manos de Dios. Después, quienes quieran pueden orar con una o dos frases: dar gracias por el corazón del padre; entregar la propia culpa, vergüenza y enojo; y orar también por los padres del grupo que están esperando, sin decir nombres ni detalles. Quien no quiera hablar puede orar en silencio; quien viene por primera vez puede simplemente escuchar, sin tener que orar ni expresar una decisión. Al final, la persona que dirige recoge las oraciones y da gracias e intercede por el grupo. Las peticiones se quedan en el grupo; los asuntos sensibles no se escriben en la aplicación ni se envían al chat. Por lo general, para dar seguimiento se pide primero el consentimiento de la persona y se anota en privado solo lo imprescindible. Si está en riesgo un niño o alguien que no puede protegerse, o existe peligro inmediato de autolesión o de hacer daño a otra persona, no hace falta obtener primero su consentimiento: hay que contactar de inmediato con los servicios de emergencia, la policía u otras instituciones de protección adecuadas.
Se puede comenzar así (orientación para la oración):
Padre celestial, Tú eres el Padre que ve cuando el hijo aún está lejos, es movido a misericordia y corre a recibirlo. Nuestros hijos se han alejado; no podemos dormir y nos preguntamos una y otra vez en qué fallamos. Ten misericordia de nosotros. Quita nuestra culpa y vergüenza, y quita también la amargura de nuestro corazón. Danos paciencia para mantener abierta la puerta y encendida la luz; búscalos Tú mismo allí donde no podemos alcanzarlos y haz que un día vuelvan en sí y emprendan el camino a casa. En el nombre de Jesús. Amén.
Después de orar, cada persona puede escoger una de las siguientes acciones para esta semana. Basta con una; si ahora no sabes cuál elegir, no pasa nada.
No hace falta registrarlo ni informar a nadie. Si quieres, en la próxima reunión puedes contar cómo fue. Si no lo hiciste, lleva a la oración lo que te lo impidió.
Pueden escoger la lección “¿Luchará la próxima generación a nuestro lado?” (Jueces 2:6-15), o “El Espíritu nos ayuda a clamar: “Abba, Padre”” (Romanos 8:14-27), de la serie Orar en el Espíritu Santo.