La santificación de nuestras respuestas emocionales, Lección 5. Leer Salmos 56. Temes perder el trabajo, que le ocurra algo a tu familia o no poder resistir; cuanto más miedo tienes, menos te atreves a afrontarlo
Pasaje principal: Salmos 56
En Salmos 56 hay una frase muy breve: “En el día que temo, yo en ti confío”. No dice: “Cuando ya no tenga miedo, confiaré”, sino que confía mientras todavía siente miedo. El miedo no tiene que desaparecer antes de que pueda aparecer la fe; ambos pueden estar presentes al mismo tiempo en una misma persona.
Cada cual teme cosas distintas: el resultado de un examen médico, que le ocurra algo a un hijo, no tener suficiente dinero este mes, no poder seguir adelante. Cuando el miedo se prolonga, cambia de forma: al principio se refería a una sola cosa, pero después ya no nos atrevemos a mirar el teléfono, contestar una llamada ni pensar en el futuro.
El encabezamiento de Salmos 56 sitúa este salmo en un peligro real: David lo compuso cuando los Filisteos lo prendieron en Gath. Es decir, el miedo de quien escribió el salmo tenía un objeto concreto. Sus primeras palabras son una petición de auxilio:
TEN misericordia de mí, oh Dios, porque me devoraría el hombre: me oprime combatiéndome cada día. (Salmos 56:1)
Después aparece la clave de todo el salmo, en una sola frase:
En el día que temo, yo en ti confío. (Salmos 56:3)
Fijémonos en el orden: el salmista confía en Dios cuando tiene miedo, no espera a que el miedo desaparezca para confiar. No niega el miedo ni exige que salga primero de escena. La Biblia da cabida a una persona asustada que, en medio del miedo, extiende la mano para aferrarse a Dios.
El versículo siguiente explica en qué consiste esa confianza: “En Dios alabaré su palabra: en Dios he confiado, no temeré lo que la carne me hiciere.” (Salmos 56:4). No confía en la sensación de que “todo saldrá bien”, sino en la palabra de Dios. Los sentimientos cambian con el cuerpo y las circunstancias, pero la palabra de Dios no cambia con ellas. Por eso, aunque todavía sienta miedo, se aferra a lo que Dios ha dicho.
Después viene un pasaje muy doloroso: todo el día pervierten sus palabras, todos sus pensamientos son contra él para mal; se reúnen, se esconden y observan sus pasos (Salmos 56:5-6). Que otros nos vigilen y tergiversen nuestras palabras es una clase de miedo que desgasta mucho. Justo después aparece la frase más tierna del salmo:
Mis huídas has tú contado: pon mis lágrimas en tu redoma: ¿no están ellas en tu libro? (Salmos 56:8)
El salmista está convencido de que Dios cuenta sus huidas; le pide que recoja sus lágrimas en su redoma y enseguida expresa su seguridad con una pregunta: ¿acaso no están en su libro? Cree que Dios no ha olvidado su sufrimiento. Para una persona que siente miedo, esta imagen tiene mucha más fuerza que un simple “no tengas miedo”.
Más adelante, el versículo 9 une el clamor con la certeza: “Serán luego vueltos atrás mis enemigos el día que yo clamare: en esto conozco que Dios es por mí.” (Salmos 56:9). El texto no explica qué experiencia pasada tenía en mente. Lo importante es que, en pleno peligro, sabe que Dios está a su favor.
El estribillo aparece dos veces en el salmo, en los versículos 4 y 11: confía en Dios y no teme al hombre. “No temeré lo que me hará el hombre”. Esto no significa que nadie pueda dañarlo; de hecho, David está siendo perseguido. Significa que el daño humano no tiene la última palabra. El último versículo explica por qué: “Porque has librado mi vida de la muerte, y mis pies de caída, para que ande delante de Dios en la luz de los que viven.” (Salmos 56:13).
Hay un versículo del Nuevo Testamento que suele citarse al hablar del miedo:
Porque no nos ha dado Dios el espíritu de temor, sino el de fortaleza, y de amor, y de templanza. (2 Timoteo 1:7)
Pablo escribe estas palabras al joven Timoteo para animarlo a no retroceder ante las dificultades y a volver a usar el don que Dios le dio. El término traducido como “espíritu” puede referirse al Espíritu Santo o a la disposición que el Espíritu produce en nosotros. En cualquiera de las dos lecturas, el contexto anima a Timoteo a ejercer el don recibido; no permite concluir: “Si todavía tienes miedo, no eres espiritual”. Una persona de fe también siente miedo. El propio Pablo dice que estuvo en Corinto “Y estuve yo con vosotros con flaqueza, y mucho temor y temblor;” (1 Corintios 2:3).
Hay varias cosas concretas que podemos hacer. Primero, decir en voz alta qué nos da miedo, a Dios o a una persona digna de confianza. Quizá el miedo no disminuya enseguida, pero ya no lo llevaremos solos. Segundo, distinguir entre los hechos presentes y lo desconocido: si existe un peligro inmediato, hay que ponerse a salvo, acudir al médico, llamar a la policía o buscar protección; si aún no ha sucedido, distingamos las pruebas que sí tenemos, lo que todavía no sabemos y el paso que podemos dar hoy. El peligro real y la preocupación por el futuro suelen mezclarse; no hace falta separarlos artificialmente en dos categorías perfectas. Tercero, confiar en su palabra y no en nuestros sentimientos: memorizar un versículo, leerlo y decirlo en voz alta cuando aparezca el miedo. Cuarto, recordar que él ha contado nuestras lágrimas: él conoce también esas noches que nadie más conoce.
Por último, conviene decirlo con claridad: si el miedo ya te impide salir, encontrarte con otras personas, si produce taquicardia frecuente o ataques de pánico, consulta a un médico. Es algo que puede tratarse. Tomar medicación o recibir terapia psicológica no demuestra falta de fe. En medio del tratamiento y del acompañamiento, todavía podemos confiar en Dios como el salmista, aun cuando el miedo no haya desaparecido.
1. “En el día que temo, yo en ti confío”. El miedo y la confianza están presentes a la vez. La fe no empieza después de que desaparezca el miedo; es extender la mano mientras todavía tememos.
2. Confía en “su palabra” (versículos 4 y 10). No se apoya en la sensación de que todo saldrá bien. Los sentimientos fluctúan con el cuerpo y las circunstancias; la palabra permanece.
3. “Pon mis lágrimas en tu redoma”. Primero afirma que Dios cuenta sus huidas; después le pide que recoja sus lágrimas y, a continuación, expresa su seguridad con una pregunta. Cree que sus lágrimas no han sido olvidadas. Esto se acerca mucho más a quien siente miedo que un simple “no tengas miedo”.
4. “En esto conozco que Dios es por mí”. El texto no dice qué recuerdo concreto tenía David en mente; pronuncia esta certeza en medio del peligro.
5. 2 Timoteo 1:7 no sirve para condenar. Allí “espíritu” puede referirse al Espíritu Santo o a la disposición que él produce. Pablo anima a Timoteo a no retroceder y a usar el don de Dios; no dice que tener miedo demuestre falta de espiritualidad.
Una aclaración inicial (quien dirige la lee en voz alta)
Lo que se comparte en el grupo no se cuenta fuera de él. Pero existe una excepción: si hay daño que está ocurriendo, está en juego la seguridad de un menor o de una persona vulnerable, o alguien corre peligro inmediato de hacerse daño o de dañar a otra persona, quien dirige no puede prometer una confidencialidad absoluta. Por lo general, hablará primero con la persona afectada siempre que sea posible y solo comunicará la información imprescindible a quienes realmente puedan ayudar. Si se trata de un menor, de alguien incapaz de protegerse o de un peligro inmediato, no será necesario obtener primero su consentimiento: según el caso, se contactará al pastor, a profesionales acreditados, a la policía o a los servicios médicos de urgencia locales. Ante un peligro inmediato, hay que pedir ayuda en el acto y no dejar sola a la persona.
Rompehielos: ¿qué te daba miedo cuando eras pequeño? ¿Cómo dejaste de temerlo? (La oscuridad, los truenos o dormir solo; todo vale. Quienes vienen por primera vez también pueden participar.)
Sugerencia para quien dirige: hablen de manera distendida; basta con una o dos frases. Muchas respuestas tendrán algo en común: alguien acompañó a la persona o esta llegó a comprender qué era aquello. La pregunta prepara el terreno para lo que sigue.
Repaso de la lección (quien dirige lo lee en voz alta; alrededor de 1 minuto, para incluir a quienes no hicieron la lectura previa)
Esta lección trata Salmos 56. El encabezamiento dice que David lo escribió cuando los Filisteos lo prendieron en Gath. Él pide misericordia a Dios porque sus enemigos quieren devorarlo y lo oprimen todo el día. Después dice que, en el día que teme, confía en Dios; alaba su palabra y pregunta qué puede hacerle el hombre. Cuenta que pervierten sus palabras, se reúnen, se esconden y observan sus pasos. Pero también afirma que Dios cuenta sus huidas, recoge sus lágrimas y las registra en su libro. Cuando clama, sus enemigos retroceden, y él sabe que Dios está a su favor. Al final vuelve a decir que confía en Dios y no temerá, porque Dios ha librado su vida de la muerte. El pasaje relacionado está en 2 Timoteo 1: Dios no nos ha dado espíritu de temor, sino de fortaleza, amor y templanza. Hoy hablaremos de lo que podemos hacer cuando sentimos miedo.
1. Lean los versículos 1-4. ¿Cuál es la situación del salmista? ¿Qué dice exactamente el versículo 3?
Sugerencia para quien dirige: sus enemigos quieren devorarlo y lo oprimen todo el día. El versículo 3 dice: “En el día que temo, yo en ti confío”. Señala el orden de la frase: no deja primero de tener miedo para después confiar.
2. Lean los versículos 5-9. ¿Qué hacen los demás contra él? ¿Qué hace Dios según el versículo 8?
Sugerencia para quien dirige: pervierten sus palabras, piensan contra él para mal, se reúnen, se esconden y observan sus pasos. En el versículo 8, Dios cuenta sus huidas, recoge sus lágrimas en su redoma y las registra en su libro.
3. Lean los versículos 10-13. ¿Qué frase se repite? ¿Qué dice al final que Dios ha hecho por él?
Sugerencia para quien dirige: la confianza y el “no temeré” aparecen en los versículos 4 y 11. El versículo 11 dice: “En Dios he confiado: no temeré lo que me hará el hombre”. Al final, el salmista dice que Dios libró su vida de la muerte y sus pies de caída.
4. “En el día que temo, yo en ti confío”. ¿Cómo nos ayuda esta frase a entender los muchos “no temas” de la Biblia?
Sugerencia para quien dirige: esta es una pregunta central; dale bastante tiempo. “No temas” suele oírse como una prohibición. Salmos 56:3 muestra cómo se vive en la realidad: mientras el miedo todavía está presente, extendemos la mano hacia Dios. Pueden preguntarse: cuando consolamos a alguien, ¿qué solemos decir primero?
5. (Pregunta opcional, si hay tiempo.) El salmista dice que confía en “su palabra”. ¿Qué diferencia hay entre confiar en su palabra y confiar en la sensación de que “todo saldrá bien”?
Sugerencia para quien dirige: los sentimientos cambian con el cuerpo, el clima y las noticias; la palabra no cambia. Pueden plantear una pregunta muy práctica: cuando tengo miedo, ¿tengo a mano algún versículo concreto?
6. “Pon mis lágrimas en tu redoma”. ¿Por qué resulta tan consoladora esta frase?
Sugerencia para quien dirige: el salmista está seguro de que Dios cuenta sus huidas, y además le pide que recoja sus lágrimas. Esas noches que nadie conoce no fueron inútiles. Para quien tiene tanto miedo que no logra hablar, esta frase ayuda más que “debes tener fe”.
7. En estos días, ¿qué clase de cosas te dan miedo? (Basta con nombrar una categoría. Quienes vienen por primera vez también pueden participar.)
Sugerencia para quien dirige: quienes deseen pueden decir una o dos frases. No pidas detalles ni comparen si un miedo está más justificado que otro. Si alguien menciona un peligro real —de salud, seguridad o violencia en casa—, escucha primero y después ayúdalo en privado a contactar a la persona o el servicio apropiado.
8. ¿Qué versículo quieres decir en voz alta esta semana cuando sientas miedo?
Sugerencia para quien dirige: cuanto más concreto, mejor. Salmos 56:3, Salmos 56:8 y 2 Timoteo 1:7 son opciones apropiadas. Puede copiarlo y guardarlo en la funda del teléfono o dejarlo junto a la cama. También puede escoger una acción: pedir la cita médica necesaria o contarle a alguien lo que vive. La lista de acciones que sigue puede ayudar.
Pidan a una persona que lea despacio Salmos 56:3-4 y 8, y guarden dos minutos de silencio. Cada cual puede decirle a Dios, en su interior, cuál es la cosa que más teme; no tiene que contársela a los demás. Después, quienes lo deseen pueden orar una o dos frases; basta con mencionar una categoría. También se puede repetir Salmos 56:3 como oración personal. Quien no desee hablar puede orar en silencio; quienes vienen por primera vez pueden escuchar sin tener que orar ni expresar una postura de fe. Al final, quien dirige da gracias e intercede por el grupo. Las peticiones de oración quedan dentro del grupo; los asuntos sensibles no se escriben en la aplicación ni se envían al chat. Como regla general, antes de dar seguimiento se pide permiso a la persona y solo se anotan en privado una o dos frases imprescindibles. Si está en juego la seguridad de un menor o de alguien incapaz de protegerse, o existe peligro inmediato de autolesión o de dañar a otra persona, no es necesario obtener primero su consentimiento: hay que contactar de inmediato a los servicios médicos de urgencia, la policía o la entidad de protección correspondiente del lugar.
Se puede comenzar así (orientación para la oración):
Dios, en el día que tememos confiamos en ti. Hay temores que podemos expresar y otros para los que no encontramos palabras; tú los conoces todos, cuentas nuestras huidas y recoges nuestras lágrimas. Haznos comprender que no tenemos que fingir que ya no tenemos miedo para atrevernos a acercarnos a ti. Pon en nuestro corazón tu palabra, para que tengamos algo que repetir durante la noche. Tú libraste a tu siervo de la muerte; en Cristo, tampoco la muerte tiene la última palabra. Sostennos cuando sintamos miedo y guíanos a tomar las medidas de protección que sean necesarias. En el nombre de Jesús. Amén.
Después de orar, cada persona puede escoger una acción para esta semana. Basta con una; si ahora mismo no sabes cuál elegir, no pasa nada.
No hace falta registrarlo ni rendir cuentas. Si quieres, puedes contar la próxima vez cómo fue. Si no lograste hacerlo, lleva a la oración aquello que te frenó.
Pueden escoger la lección “Cuando la ansiedad pesa sobre tu corazón” (Filipenses 4:4-9) o “Cuando no puedes levantar la cabeza” (Salmos 25).