La santificación de nuestras respuestas emocionales, Lección 3. Leer Jonás 4. Cuando algo no sale como quieres, estallas, das un portazo o dejas de hablar; después te arrepientes
Pasaje principal: Jonás 4
Jonás estaba furioso porque Dios perdonó a quienes, según él, no debían ser perdonados. Dios no lo reprendió, sino que le hizo una pregunta: “¿Haces tú bien en enojarte tanto?”. La ira no suele surgir de la nada. Debajo de ella están nuestra idea de justicia, los agravios que no logramos soltar y algo que deseábamos profundamente pero no recibimos.
La ira adopta formas distintas. Algunas personas dan un portazo; otras levantan la voz; otras no dicen nada y mantienen un silencio frío durante tres días. Lo que todas tienen en común es el remordimiento que llega después: aquella frase no hacía falta, pero en ese momento no pude detenerme.
Jonás 4 narra la ira de un profeta.
En el capítulo anterior, toda Nínive se arrepintió y Dios no envió el mal que había anunciado. Cabría esperar que Jonás lo celebrara, pero ocurrió lo contrario:
PERO Jonás se apesadumbró en extremo, y enojóse. (Jonás 4:1)
Vale la pena leer con cuidado su oración. Dice que ya sabía que esto ocurriría cuando todavía estaba en su tierra: “porque sabía yo que tú eres Dios clemente y piadoso, tardo á enojarte, y de grande misericordia, y que te arrepientes del mal” (Jonás 4:2). Por eso había huido deprisa hacia Tarsis. Observen que la razón de su enojo era precisamente la misericordia de Dios. Nínive era la capital de Asiria, una gran enemiga de Israel, y es razonable tener presente ese trasfondo hostil. Sin embargo, el texto no explica todos los motivos que había en el corazón de Jonás. Lo que afirma de manera explícita es que él ya sabía que Dios era clemente y piadoso y que se enojó porque Dios no envió el mal. Entonces dijo: “Ahora pues, oh Jehová, ruégote que me mates; porque mejor me es la muerte que la vida” (Jonás 4:3).
La respuesta de Dios no es un regaño, sino una pregunta:
Y Jehová le dijo: ¿Haces tú bien en enojarte tanto? (Jonás 4:4)
Dios no desarrolla una larga reprimenda, sino que desafía directamente a Jonás mediante una pregunta. No niega que Jonás esté enojado, pero coloca su ira bajo el juicio de Dios y lo invita a detenerse para examinarla. La mayoría de las veces pasamos directamente de la ira a la acción sin detenernos nunca a formular esta pregunta.
Jonás no respondió. Salió de la ciudad, levantó una choza al este y se sentó para ver qué sucedería con ella (Jonás 4:5). Entonces Dios hizo algo muy cotidiano: preparó una calabacera que creció para dar sombra sobre la cabeza de Jonás, y “Jonás se alegró grandemente por la calabacera” (Jonás 4:6). Al día siguiente preparó un gusano que la hirió y la secó; luego envió un fuerte viento del este y el sol hirió la cabeza de Jonás. Él desfalleció y volvió a desear la muerte (Jonás 4:7-8). Dios preguntó otra vez: “¿Tanto te enojas por la calabacera?”. Jonás contestó: “Mucho me enojo, hasta la muerte” (Jonás 4:9).
Esta pregunta y esta respuesta sacan a la luz lo que hay en el corazón de Jonás: se compadece de una planta que creció en una noche, pero no quiere compadecerse de toda una ciudad. Las últimas palabras de Dios cierran el libro:
¿Y no tendré yo piedad de Nínive, aquella grande ciudad donde hay más de ciento y veinte mil personas que no conocen su mano derecha ni su mano izquierda, y muchos animales? (Jonás 4:11)
El libro termina con esta pregunta y no cuenta cómo respondió Jonás. Ese final abierto queda para quienes lo leemos.
Este capítulo nos enseña varios pasos para tratar la ira.
Primero, reconocerla y expresarla. Jonás derramó directamente su enojo delante de Dios. Las Escrituras no borraron estas palabras. Es mejor decírselas a Dios que encerrarlas dentro de nosotros o descargarlas sobre la familia.
Segundo, formular la pregunta: ¿haces bien en enojarte tanto? No se trata de preguntar si tenemos derecho a sentir desagrado, sino de preguntar: ¿la ira se dirige realmente al asunto que la provocó? ¿Es apropiada la manera en que la estoy expresando? Muchas veces la ira es de segunda mano: acumulamos fuera de casa el enojo del día y lo descargamos en casa por la noche.
Tercero, profundizar una capa más: ¿qué me importa de verdad? El texto muestra con claridad que Jonás no quería que Nínive recibiera misericordia y, en cambio, valoraba mucho la sombra que le daba la calabacera. La ira suele crecer junto a las cosas que realmente valoramos. Cuando vemos con claridad hacia qué se dirige, podemos decidir el siguiente paso. No debemos, sin embargo, dictaminar los motivos del corazón de otra persona.
Cuarto, no seguir alimentándola de un día para otro. El Nuevo Testamento habla de manera directa:
Airaos, y no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo; (Efesios 4:26) Ni deis lugar al diablo. (Efesios 4:27)
Observen que no dice: “No se enojen”. Dice que no debemos convertir la ira en pecado, alimentarla ni dejarla fermentar por mucho tiempo. El silencio hostil, sacar cuentas antiguas, hablar a espaldas del otro y reclutar personas para que tomen nuestro partido son maneras concretas de dar lugar al diablo. Tampoco significa que cada conflicto deba quedar resuelto antes de dormir. Cuando las emociones siguen muy intensas o no es seguro contactar a la otra persona, hay que detenerse, ponerse a salvo y tratar el asunto en un momento adecuado.
Por último, hay que aclarar algo. Golpear, romper objetos para intimidar, amenazar con palabras o controlar el dinero, los documentos y los movimientos de una persona no son problemas de manejo de las emociones, sino problemas de seguridad. No pueden tratarse simplemente como “mal genio”. Cuando ocurre algo así, primero hay que proteger a la persona que está sufriendo el daño y buscar cuanto antes a un pastor y servicios profesionales cualificados. Si existe un peligro inmediato, contacten con la policía o los servicios de urgencias de la localidad. Esta lección habla de la ira que hay en nuestro propio corazón; no justifica ninguna forma de daño. Cuando la seguridad está protegida, podemos volver a la pregunta de Dios: ¿hacia qué se dirige esta ira? ¿Cómo evitamos que siga gobernando nuestras palabras y acciones?
1. La ira de Jonás tenía sus “razones”. No era un arrebato sin trasfondo: Nínive era una gran enemiga de Israel. La ira más difícil de afrontar suele ser precisamente aquella para la que podemos presentar buenas razones.
2. Dios pregunta dos veces en lugar de limitarse a reprender. “¿Haces tú bien en enojarte tanto?” devuelve a Jonás la responsabilidad de examinarse y lo invita a detenerse. Quienes acompañan a otros pueden aprender de esta manera de preguntar.
3. La calabacera, el gusano y el viento del este se convierten en una lección concreta. Por medio de ellos, Dios muestra a Jonás la desproporción de su corazón: se compadece de una planta que creció en una noche, pero no quiere que toda una ciudad reciba misericordia.
4. El libro termina con una pregunta. El texto no cuenta cómo respondió Jonás. Ese final abierto queda para quienes leemos: ahora nos corresponde responder.
5. Efesios 4:26 no prohíbe enojarse. Prohíbe convertir la ira en pecado y dejarla fermentar durante mucho tiempo. “No se ponga el sol sobre vuestro enojo” nos llama a no alimentarla; no obliga a resolver cada conflicto antes de dormir. Si no hay seguridad o la emoción sigue demasiado intensa, hay que detenerse, ponerse a salvo y tratar el asunto en el momento adecuado.
Una aclaración antes de comenzar (quien dirige la lee en voz alta)
Lo que compartimos en el grupo no se divulga fuera. Pero hay una excepción: si se trata de un daño que está ocurriendo, de la seguridad de un niño o de una persona vulnerable, o de un peligro inmediato de hacerse daño o dañar a otra persona, quien dirige no puede prometer confidencialidad absoluta. En general, primero procurará hablarlo con la persona afectada y compartirá solo la información necesaria con quienes de verdad puedan ayudar. Si hay un niño o alguien que no puede protegerse, o si existe un peligro inmediato, no será necesario obtener antes su consentimiento: según el caso, se contactará con un pastor, profesionales cualificados, la policía, urgencias o los servicios médicos de la localidad. Ante un peligro inmediato hay que pedir ayuda en ese mismo momento y no dejar sola a la persona.
Rompehielos: ¿qué clase de pequeña molestia hace que te enojes de golpe? (Que alguien se cuele en la fila, que no responda a un mensaje o no encontrar algo: todo vale. Quienes vienen por primera vez también pueden responder).
Sugerencia para quien dirige: mantengan una conversación ligera y limítense a una o dos frases, sin hablar de asuntos concretos de familiares o compañeros de trabajo. Quien dirige comparte primero algo propio para mostrar que se puede responder con una situación muy cotidiana.
Repaso de la lección (quien dirige lo lee en voz alta; alrededor de 1 minuto, para incluir a quienes no hicieron la preparación)
Esta lección se basa en Jonás 4. Toda Nínive se arrepintió y Dios no envió el mal que había anunciado, pero Jonás “se apesadumbró en extremo, y enojóse”. Oró diciendo que ya sabía, cuando todavía estaba en su tierra, que Dios era clemente y piadoso, tardo en enojarse y de grande misericordia, y que por eso había huido hacia Tarsis. Después pidió que Dios le quitara la vida. Jehová respondió: “¿Haces tú bien en enojarte tanto?”. Jonás salió y construyó una choza al este de la ciudad para ver qué sucedería. Jehová preparó una calabacera que le dio sombra y Jonás se alegró grandemente. Al día siguiente Dios preparó un gusano que secó la calabacera y después un fuerte viento del este; el sol hirió la cabeza de Jonás, que volvió a desear la muerte. Dios preguntó: “¿Tanto te enojas por la calabacera?”. Jonás respondió: “Mucho me enojo, hasta la muerte”. Jehová le dijo que él se había compadecido de una calabacera que no había cultivado, que había nacido en una noche y perecido en otra, y preguntó: “¿Y no tendré yo piedad de Nínive, aquella grande ciudad donde hay más de ciento y veinte mil personas que no conocen su mano derecha ni su mano izquierda?”. El pasaje relacionado está en Efesios 4: “Airaos, y no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo”. Hoy conversaremos sobre qué hacer cuando surge la ira.
1. Lean los versículos 1-4. ¿Por qué se enojó Jonás? ¿Cómo explicó él mismo su razón? ¿Cómo respondió Dios?
Sugerencia para quien dirige: porque Dios no envió el mal anunciado y perdonó a Nínive. Jonás dijo que ya sabía que Dios era clemente y piadoso, y que por eso había huido hacia Tarsis. Dios no lo reprendió; le preguntó: “¿Haces tú bien en enojarte tanto?”.
2. Lean los versículos 5-9. ¿Qué tres cosas preparó Dios? ¿Cómo fueron cambiando las emociones de Jonás?
Sugerencia para quien dirige: una calabacera, un gusano y un viento fuerte del este. Cuando creció la calabacera se alegró grandemente; cuando se secó y el sol hirió su cabeza, desfalleció y deseó morir. Dios preguntó por segunda vez si hacía bien en enojarse tanto, ahora por la calabacera.
3. Lean los versículos 10-11. ¿Qué dos cosas contrasta Dios? ¿Cómo termina el libro?
Sugerencia para quien dirige: contrasta una calabacera que nació en una noche y pereció en otra con más de ciento veinte mil personas que no distinguen su mano derecha de la izquierda. El libro termina con la pregunta de Dios y no cuenta la respuesta de Jonás.
4. ¿Qué había debajo de la ira de Jonás? ¿Qué era lo que realmente le importaba?
Sugerencia para quien dirige: esta es la pregunta central de la lección; dedíquenle más tiempo. El texto muestra con claridad que no quería que Nínive recibiera misericordia y que valoraba la sombra que le daba la calabacera. Su reputación o sus sentimientos nacionales pueden formar parte del trasfondo, pero no debemos atribuirle motivos que el texto no declara. Esto conduce al centro de la lección: la ira suele crecer junto a las cosas que realmente valoramos. Pidan al grupo que piense en algo que los haya enojado recientemente y en lo que había debajo.
5. (Pregunta opcional, si hay tiempo). Si, en el momento de la ira, te preguntaras de verdad “¿Haces bien en enojarte tanto?”, ¿qué podría cambiar?
Sugerencia para quien dirige: la pregunta no niega que sientas ira ni se apresura a declararte culpable; te invita a detenerte. Pueden conversar sobre algo muy concreto: ¿esta ira se dirige de verdad a la persona y al asunto que tengo delante, o se acumuló durante el día en otra parte?
6. Lean Efesios 4:26-27. ¿Qué aspecto tiene hoy “no dejar que el sol se ponga sobre nuestro enojo”? ¿Qué significa “dar lugar al diablo”?
Sugerencia para quien dirige: el centro es no alimentar la ira ni dejarla fermentar durante mucho tiempo, no la obligación de resolverlo todo antes de dormir. Dar lugar al diablo puede concretarse en el silencio hostil, sacar cuentas antiguas, hablar a espaldas de alguien con una tercera persona o reclutar a otros para que tomen nuestro partido. Observen que el texto no prohíbe enojarse y que, cuando no hay seguridad, lo primero es detenerse y ponerse a salvo.
7. Cuando te enojas, ¿sueles explotar en el momento o convertir la ira en silencio y frialdad? (Quienes vienen por primera vez también pueden responder).
Sugerencia para quien dirige: quienes quieran pueden decir una o dos frases sobre su propia reacción, sin criticar a familiares. Se puede pasar la pregunta. Hay que tratar ambas reacciones: una hiere rápido y la otra hiere durante mucho tiempo.
8. Esta semana, ¿en qué situación quieres dejar de alimentar la ira y dar una respuesta apropiada y segura?
Sugerencia para quien dirige: cuanto más concreto, mejor. Decir hoy mismo: “No debí hablarte así”; alejarse dos minutos antes de explotar; escribir primero lo que quieres decir y decidir al día siguiente si debes enviarlo. La lista de acciones que sigue mantiene este mismo enfoque.
Pidan a una persona del grupo que lea despacio Jonás 4:9-11. Guarden dos minutos de silencio. Cada cual piensa en algo que lo haya enojado recientemente y se pregunta: ¿qué me importa de verdad? Después, quienes quieran pueden orar con una o dos frases y contarle esa ira a Dios, sin decir quién es la otra persona ni decidir de antemano quién tiene razón. Quien no desee hablar puede orar en silencio; quienes vienen por primera vez pueden escuchar en silencio, sin ninguna obligación de orar ni de expresar una postura. Para terminar, quien dirige da gracias e intercede por las personas del grupo. Las peticiones de oración quedan dentro del grupo; los asuntos delicados no se escriben en la aplicación ni se envían al chat del grupo. Por lo general, antes de dar seguimiento se pide permiso a la persona y luego se anota en privado solo una o dos frases necesarias. Cuando está en juego la seguridad de un niño o de alguien que no puede protegerse, o existe un peligro inmediato de autolesión o de dañar a otra persona, no es necesario obtener antes el consentimiento: hay que contactar de inmediato con los servicios de urgencias, la policía o los organismos de protección pertinentes de la localidad.
Pueden comenzar así (orientación para la oración):
Jehová, Tú eres clemente y piadoso, tardo en enojarte y de grande misericordia. Nosotros, en cambio, dejamos muchas veces que la ira gobierne nuestras palabras y acciones; herimos y después nos arrepentimos. Haznos la misma pregunta que hiciste a Jonás: “¿Haces tú bien en enojarte tanto?”. Muéstranos qué valoramos de verdad debajo de esa ira. Ayúdanos a no llevarla hasta mañana ni permitir que se convierta en amargura. Obra Tú mismo en esa parte de nuestro corazón que se resiste a perdonar. En el nombre de Jesús, amén.
Después de orar, cada persona elige una de las siguientes acciones para esta semana. Basta con una; si ahora no sabes cuál escoger, no pasa nada.
No hace falta registrarlo ni informar a nadie. Si quieres, en la próxima reunión puedes contar cómo fue. Si no lo hiciste, lleva a la oración aquello que te frenó.
Pueden elegir la lección “Cuando la ansiedad pesa sobre tu corazón” (Filipenses 4:4-9), o “La renovación emocional comienza por lo que amas” (Gálatas 5:16-26).