La santificación de nuestras respuestas emocionales, Lección 1. Leer Salmos 42. Suponemos que una persona espiritual no debería estar triste ni tener miedo; por otro lado, creemos que “si lo siento, entonces tengo razón”
Pasaje principal: Salmos 42
En la iglesia se oyen con frecuencia dos ideas: una persona espiritual no debería estar triste; o, en el extremo opuesto, si yo siento esto, entonces tengo razón. El Salmo 42 toma un tercer camino: el salmista expresa con sinceridad su abatimiento y, al mismo tiempo, le dice a su propia alma: “Espera á Dios”. No necesitamos reprimir las emociones, pero tampoco debemos dejar que gobiernen; a menudo nos muestran qué amamos, qué tememos y qué esperamos de verdad.
Un hermano dice en el grupo: “Últimamente me siento muy decaído”. Alguien responde de inmediato: “Tienes que alegrarte y fortalecerte en el Señor”. No hay mala intención, pero la próxima vez ese hermano ya no dice nada. También vemos el otro extremo: surge la ira, la persona explota en el momento y después dice: “Así soy yo”, como si la llegada de una emoción la eximiera de responsabilidad.
En un extremo reprimimos las emociones; en el otro, dejamos que gobiernen. El Salmo 42 no hace ninguna de las dos cosas.
El salmista comienza con una imagen de sed intensa:
COMO el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. (Salmos 42:1)
No es una añoranza elegante, sino sed. A continuación describe su situación: “Fueron mis lágrimas mi pan de día y de noche” (Salmos 42:3), mientras los demás le preguntan sin cesar dónde está su Dios. También recuerda el pasado, cuando iba con la multitud hasta la casa de Dios, con voz de alegría y alabanza (Salmos 42:4). Precisamente ese recuerdo hace que el presente duela más.
Fíjense en algo: recuerda los días en que iba con la multitud a la casa de Dios para la fiesta. Su tristeza muestra cuánto anhela a Dios y cuánto valora adorar junto con los hermanos y las hermanas. A veces nuestras emociones también nos hacen ver qué valoramos, qué tememos perder y qué deseamos en ese momento. Sin embargo, no hace falta atribuir cada emoción a una sola causa; el cuerpo, el cansancio y las circunstancias también pueden intensificarla.
Entonces aparece la frase más conocida del salmo, repetida dos veces:
¿Por qué te abates, oh alma mía, y te conturbas en mí? Espera á Dios; porque aun le tengo de alabar por las saludes de su presencia. (Salmos 42:5)
Observen lo que hace: no finge que no está abatido, pero tampoco se deja arrastrar por el abatimiento. Le habla a su propia alma. Es una manera muy concreta y bíblica de tratar las emociones: llevar el corazón delante de Dios y decirle la verdad.
Más adelante, todas las ondas y olas pasan sobre él (Salmos 42:7). Pero enseguida viene el versículo 8, cuya ubicación es importante:
De día mandará Jehová su misericordia, y de noche su canción será conmigo, y oración al Dios de mi vida. (Salmos 42:8)
No lo dice cuando ya ha pasado la dificultad, sino en medio de las olas. Y después de pronunciar estas palabras, vuelve a preguntar: “¿por qué te has olvidado de mí?” (Salmos 42:9). Las Escrituras conservaron esta pregunta tal como salió de su boca. Esto significa que Dios no exige que primero arreglemos nuestras emociones y solo después nos acerquemos a Él.
Entonces, ¿pueden las emociones ser el juez? No. La oración del Salmo 139 completa la otra mitad:
Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón: pruébame y reconoce mis pensamientos: (Salmos 139:23)
Lo que sentimos es real, pero no constituye el juicio definitivo. El sentimiento puede decir: “A nadie le importo”, aunque quizá no sea verdad. Puede decir: “Lo hizo a propósito”, aunque quizá tampoco sea verdad. Por eso expresamos la emoción y también la entregamos a Dios para que la examine.
En esta lección aprenderemos tres acciones pequeñas. Expresarlo: decírselo a Dios, en vez de dejar que dé vueltas solamente dentro de nosotros. Hablarle a nuestra propia alma: preguntar “¿por qué te abates?” y llevarla después hacia Dios. Resistir el presente mediante el recuerdo: cuando el salmista se encuentra peor, se acuerda de Dios desde la tierra del Jordán y de los Hermonitas (Salmos 42:6). Recordar da fuerzas.
Por último, hay que aclarar algo. Esta lección habla de las fluctuaciones emocionales habituales. Un estado de ánimo bajo que dura más de dos semanas, insomnio, cambios de apetito, pérdida de interés por todo o pensamientos de autolesión no son cosas que se curan simplemente “orando más”. En esos casos hay que acudir a un médico y buscar ayuda profesional, igual que se acude a traumatología por una fractura. Ir al médico, tomar medicación y recibir atención psicológica no son señales de incredulidad. Más adelante, cuatro lecciones de esta serie tratarán específicamente la depresión. La Biblia también conserva las palabras de Elías, Jeremías y Job cuando, en medio de un dolor profundísimo, pidieron morir o maldijeron el día de su nacimiento. Esto no significa que podamos darles un diagnóstico clínico moderno, sino que un dolor así no demuestra infidelidad ni falta de fe. Tanto en las emociones habituales como en el sufrimiento prolongado que necesita atención profesional, no tenemos que escondernos: podemos llevar el corazón delante de Dios y dejar que personas de confianza compartan la carga.
1. “¿Por qué te abates, oh alma mía?” es el estribillo. Aparece en los versículos 5 y 11, y vuelve por tercera vez en Salmos 43:5; es probable que los dos salmos fueran originalmente uno solo. El salmista le habla a su propia alma: ni finge que no pasa nada ni se deja llevar por ella.
2. “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas”. Es una imagen de sed, no de melancolía ociosa. La tristeza del salmista contiene algo: anhela ver a Dios y echa de menos los días de adoración con la multitud. Las emociones a menudo nos muestran qué valoramos y qué tememos perder, pero no son la única explicación; el cuerpo y las circunstancias también intervienen.
3. “¿Dónde está tu Dios?” aparece dos veces, en los versículos 3 y 10. Son palabras de otras personas. Cuando alguien está triste, una sola frase puede aumentar su dolor. Debemos recordarlo al hablar con hermanos o hermanas que sufren.
4. La ubicación del versículo 8. Se encuentra entre las olas que pasan sobre el salmista y su pregunta: “¿por qué te has olvidado de mí?”. No hace falta esperar a que se calmen las emociones para pronunciar palabras de fe; pronunciarlas tampoco significa que la dificultad ya haya pasado. Los salmos permiten que ambas cosas estén presentes a la vez.
5. Salmos 139:23-24 completa la otra mitad. Las emociones comunican información real, pero no son el juez definitivo. “Examíname”: llevamos delante de Dios lo que se agita en nuestro interior para que Él lo vea y nos guíe.
Una aclaración antes de comenzar (quien dirige la lee en voz alta)
Lo que compartimos en el grupo no se divulga fuera. Pero hay una excepción: si se trata de un daño que está ocurriendo, de la seguridad de un niño o de una persona vulnerable, o de un peligro inmediato de hacerse daño o dañar a otra persona, quien dirige no puede prometer confidencialidad absoluta. En general, primero procurará hablarlo con la persona afectada y compartirá solo la información necesaria con quienes de verdad puedan ayudar. Si hay un niño o alguien que no puede protegerse, o si existe un peligro inmediato, no será necesario obtener antes su consentimiento: según el caso, se contactará con un pastor, profesionales cualificados, la policía, urgencias o los servicios médicos de la localidad. Ante un peligro inmediato hay que pedir ayuda en ese mismo momento y no dejar sola a la persona.
Rompehielos: durante esta semana, ¿hubo algo pequeño que de repente te animara o te desanimara? (Puedes contar solo lo que sucedió, sin explicar cómo te sentiste; quienes vienen por primera vez también pueden responder).
Sugerencia para quien dirige: mantengan una conversación ligera y limítense a una o dos frases. Quien dirige comparte primero algo propio para mostrar el nivel de detalle adecuado: puede ser algo pequeño, como un trayecto en metro, un mensaje o una comida. Esta pregunta ayuda a que hablar de emociones se vuelva algo normal en el grupo.
Repaso de la lección (quien dirige lo lee en voz alta; alrededor de 1 minuto, para incluir a quienes no hicieron la preparación)
Esta lección se basa en el Salmo 42. El salmista dice: “COMO el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía”. Sus lágrimas son su pan de día y de noche, mientras le preguntan cada día: “¿Dónde está tu Dios?”. Recuerda los días en que iba con la multitud a la casa de Dios, con voz de alegría y alabanza, y su alma se derrama. Se dice a sí mismo: “¿Por qué te abates, oh alma mía, y te conturbas en mí? Espera á Dios”. Dice que las ondas y las olas pasan sobre él, pero también: “De día mandará Jehová su misericordia, y de noche su canción será conmigo, y oración al Dios de mi vida”. Luego todavía pregunta: “¿por qué te has olvidado de mí?”. Al final vuelve a decirle a su alma: “Espera á Dios”. El pasaje relacionado está en el Salmo 139: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón”. Hoy conversaremos sobre lo que nos dicen nuestras emociones y adónde debemos llevarlas.
1. Lean los versículos 1-5. ¿Qué imagen usa el salmista para expresar su anhelo? ¿Cuál es su situación en ese momento?
Sugerencia para quien dirige: como el ciervo brama por las corrientes de las aguas. Sus lágrimas son su pan de día y de noche; otros le preguntan continuamente “¿Dónde está tu Dios?”. Recuerda los días en que iba con la multitud a la casa de Dios y su alma se derrama.
2. Lean los versículos 6-8. ¿Qué imágenes hablan de la dificultad y qué frase expresa fe?
Sugerencia para quien dirige: la dificultad aparece en un abismo que llama a otro y en las ondas y olas que pasan sobre él. La fe aparece en el versículo 8: “De día mandará Jehová su misericordia, y de noche su canción será conmigo”. Observen que ambas cosas están juntas.
3. Lean los versículos 9-11. ¿Qué clase de palabras le dirige el salmista a Dios? ¿A quién habla al final?
Sugerencia para quien dirige: le pregunta a Dios: “¿por qué te has olvidado de mí?”. Al final habla a su propia alma: “¿Por qué te abates, oh alma mía? [...] Espera á Dios”.
4. ¿De dónde viene la tristeza del salmista? ¿Qué muestra su dolor acerca de lo que más valora?
Sugerencia para quien dirige: esta es la pregunta central de la lección; dedíquenle más tiempo. Recuerda los días de fiesta en que iba con la multitud a la casa de Dios, y por eso ese recuerdo duele tanto. Esto nos lleva al centro de la lección: las emociones a menudo revelan qué valoramos y qué tememos perder. Recuerden también que no toda emoción puede reducirse a una sola causa; el cuerpo y las circunstancias también influyen.
5. (Pregunta opcional, si hay tiempo). El salmista le dice a su propia alma: “¿Por qué te abates?”. ¿En qué se diferencia esto de reprimir la emoción o de dejarse llevar por ella?
Sugerencia para quien dirige: reprimirla significa no permitir que hable; dejarse llevar significa permitir que dé órdenes; hablarle a la propia alma significa reconocer primero que está ahí y después llevarla hacia Dios. Vale la pena conversar despacio sobre estas diferencias.
6. Lean Salmos 139:23-24. Si las emociones transmiten información real pero no son el juez definitivo, ¿qué podemos hacer en la práctica?
Sugerencia para quien dirige: expresarlas y pedir a Dios que nos examine. Lo que sentimos puede decir: “A nadie le importo” o “Lo hizo a propósito”, aunque quizá no sea verdad. Es más seguro llevarlo delante de Dios para que Él lo vea que darle vueltas a solas una y otra vez.
7. ¿Hacia qué extremo tiendes más: reprimir la tristeza o dejar que las emociones impulsen tus palabras y acciones? (Quienes vienen por primera vez también pueden responder).
Sugerencia para quien dirige: quienes quieran pueden decir una o dos frases, sin entrar en detalles. No juzguen ni comparen. Ambos extremos son frecuentes; quien dirige comparte primero hacia cuál tiende.
8. Esta semana, ¿qué emoción quieres llevar delante de Dios como lo hace el salmista?
Sugerencia para quien dirige: cuanto más concreto, mejor. Antes de dormir, cuéntale a Dios lo que más te pesó ese día; antes de explotar, pregúntate: “¿Qué me importa? ¿Qué temo?”; copia Salmos 42:5 y colócalo donde puedas verlo. La lista de acciones que sigue mantiene este mismo enfoque.
Pidan a una persona del grupo que lea despacio Salmos 42:1-5. Guarden dos minutos de silencio y pregúntense por dentro: ¿en qué emoción se detiene más a menudo mi corazón estos días? Después, quienes quieran pueden orar con una o dos frases y contarle esa emoción a Dios como lo hace el salmista, sin explicar los detalles ni entenderla por completo de antemano. Quien no desee hablar puede orar en silencio; quienes vienen por primera vez pueden escuchar en silencio, sin ninguna obligación de orar ni de expresar una postura. Para terminar, quien dirige da gracias e intercede por las personas del grupo. Las peticiones de oración quedan dentro del grupo; los asuntos delicados no se escriben en la aplicación ni se envían al chat del grupo. Por lo general, antes de dar seguimiento se pide permiso a la persona y luego se anota en privado solo una o dos frases necesarias. Cuando está en juego la seguridad de un niño o de alguien que no puede protegerse, o existe un peligro inmediato de autolesión o de dañar a otra persona, no es necesario obtener antes el consentimiento: hay que contactar de inmediato con los servicios de urgencias, la policía o los organismos de protección pertinentes de la localidad.
Pueden comenzar así (orientación para la oración):
Oh Dios, mi alma clama por Ti. En estos días hay cosas que ni siquiera me atrevo a escuchar dentro de mí: estoy cansado, tengo miedo y a veces dudo de que estés aquí. No rechaces esta oración; Tus siervos también Te hablaron así en los salmos. Examina mis pensamientos y muéstrame lo que yo no alcanzo a ver. Ayúdame a acercarme a Ti sin esperar primero a sentirme mejor. Alma mía, espera a Dios. En el nombre de Jesús, amén.
Después de orar, cada persona elige una de las siguientes acciones para esta semana. Basta con una; si ahora no sabes cuál escoger, no pasa nada.
No hace falta registrarlo ni informar a nadie. Si quieres, en la próxima reunión puedes contar cómo fue. Si no lo hiciste, lleva a la oración aquello que te frenó.
Pueden elegir la lección “Cuando estás completamente agotado” (1 Reyes 19:1-18), o “Aprender a lamentarse” (2 Samuel 1:17-27).