La gloria de Dios, Lección 34. Leer Deuteronomio 8:1-18. Cuando llega una prueba, pensamos que Dios nos está castigando o no estamos dispuestos a soportar ninguna dificultad
Pasaje principal: Deuteronomio 8:1-18
Moisés dijo a los israelitas que Dios los había guiado cuarenta años por el desierto “para afligirte, por probarte” y “para hacerte saber que el hombre no vivirá de solo pan, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová”; también dijo: “como castiga el hombre á su hijo, así Jehová tu Dios te castiga”. En el desierto hubo hambre, pero también maná; la ropa no se desgastó ni los pies se hincharon. Hebreos dice que el Padre celestial nos disciplina “para lo que nos es provechoso”. No todo sufrimiento es un castigo. En Cristo, Dios enseña y forma a sus hijos como un padre.
Cuando llegan las dificultades, solemos irnos a uno de dos extremos. Algunas personas, en cuanto algo sale mal, piensan que Dios las está castigando: “¿Habré hecho algo malo?”. Otras reaccionan justo al contrario: no quieren sufrir en absoluto y, si la vida deja de ir como desean, concluyen que Dios ya no las ama o incluso abandonan la fe. Ambos extremos interpretan las dificultades de la misma manera: Dios está descontento conmigo.
En Deuteronomio 8, cuando los israelitas estaban a punto de entrar en Canaán, Moisés volvió la mirada hacia los cuarenta años que habían recorrido por el desierto:
Y acordarte has de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, por probarte, para saber lo que estaba en tu corazón, si habías de guardar ó no sus mandamientos. (Deuteronomio 8:2) Y te afligió, é hízote tener hambre, y te sustentó con maná, comida que no conocías tú, ni tus padres la habían conocido; para hacerte saber que el hombre no vivirá de solo pan, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre. (Deuteronomio 8:3)
El camino por el desierto fue duro. Hubo hambre, sequía, serpientes ardientes y escorpiones (Deuteronomio 8:15). Sin embargo, Moisés dijo que Dios los había “traído” por aquel camino. Dios no los abandonó en el desierto: cuando tuvieron hambre, les dio maná; cuando tuvieron sed, hizo brotar agua de la roca; “Tu vestido nunca se envejeció sobre ti, ni el pie se te ha hinchado por estos cuarenta años” (Deuteronomio 8:4). En medio de la aflicción, su cuidado estaba por todas partes. Después Moisés dijo:
Reconoce asimismo en tu corazón, que como castiga el hombre á su hijo, así Jehová tu Dios te castiga. (Deuteronomio 8:5)
Aquí, “disciplinar” no se refiere solo al castigo después de una falta. Se parece más a la enseñanza y formación de un padre hacia su hijo: para que el niño aprenda algo, le permite recorrer un tramo difícil, mientras él permanece todo el tiempo a su lado. Lo que los israelitas debían aprender en el desierto era que “el hombre no vivirá de solo pan”: debían vivir de la palabra de Dios.
Resulta significativo que la segunda mitad del capítulo advierta sobre otro peligro: que las cosas vayan bien. “Que quizá no comas y te hartes, y edifiques buenas casas en que mores”; entonces podría elevarse su corazón, olvidar a Jehová su Dios y decir: “Mi poder y la fortaleza de mi mano me han traído esta riqueza” (Deuteronomio 8:12-17). Moisés dijo:
Antes acuérdate de Jehová tu Dios: porque él te da el poder para hacer las riquezas, á fin de confirmar su pacto que juró á tus padres, como en este día. (Deuteronomio 8:18)
En los tiempos difíciles, fácilmente pensamos que Dios no nos ama; en los tiempos favorables, fácilmente nos olvidamos de él. En ambos casos necesitamos su enseñanza.
En el Nuevo Testamento, el Espíritu llevó a Jesús al desierto. Después de ayunar cuarenta días y cuarenta noches, el diablo le dijo que convirtiera las piedras en pan. Jesús respondió citando precisamente esta frase de Deuteronomio 8: “No con solo el pan vivirá el hombre, mas con toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4). Israel cayó muchas veces en el desierto; Jesús, en cambio, venció la tentación allí. Hebreos dice: “Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia” (Hebreos 5:8). El Hijo encarnado manifestó una obediencia perfecta a lo largo de todo su camino de humillación y sufrimiento, hasta la cruz. En este Hijo llegamos a ser hijos de Dios.
Hebreos también dice:
Y aquéllos, á la verdad, por pocos días nos castigaban como á ellos les parecía, mas éste para lo que nos es provechoso, para que recibamos su santificación. (Hebreos 12:10) Es verdad que ningún castigo al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; mas después da fruto apacible de justicia á los que en él son ejercitados. (Hebreos 12:11)
Los padres terrenales a veces disciplinan a sus hijos movidos por sus propias emociones; la disciplina del Padre celestial siempre busca nuestro bien. Por eso, cuando llega una dificultad, no debemos apresurarnos a decidir: “Esto es un castigo”. Unos discípulos preguntaron a Jesús quién había pecado para que un hombre naciera ciego. Jesús respondió: “Ni éste pecó, ni sus padres: mas para que las obras de Dios se manifiesten en él” (Juan 9:3). Una dificultad puede estar relacionada con nuestro pecado y requerir arrepentimiento, o puede no estarlo. Hay causas que no llegaremos a comprender en esta vida. En cualquier caso, Cristo ya cargó con nuestra condenación, y el Padre celestial no ha abandonado a quienes le pertenecen.
1. “Para afligirte, por probarte” (8:2). Esto no significa que el Dios omnisciente antes no supiera lo que había en el corazón del pueblo. La prueba hizo que su interior se manifestara en la historia y también les permitió ver si guardarían el pacto.
2. “Disciplina” (8:5). La palabra original יָסַר (yasar) suele incluir los sentidos de “enseñar, formar y corregir”, no solo castigar después de una falta.
3. El cuidado en medio de la aflicción (8:3-4, 15-16). El maná, el agua de la roca, la ropa que no se desgastó y los pies que no se hincharon. La formación de Dios nunca estuvo separada de su provisión.
4. El peligro de la abundancia (8:11-17). Moisés no advirtió solamente sobre los días difíciles, sino sobre los buenos: después de saciarse, el corazón podía enaltecerse y atribuirse todo lo recibido.
5. Jesús en el desierto (Mateo 4:1-4). Jesús citó Deuteronomio 8:3 para responder a la tentación. Israel tropezó muchas veces en el desierto; Jesús, como el Hijo obediente, recorrió fielmente todo el camino.
Una aclaración inicial (quien dirige la lee en voz alta)
Lo que se comparte en el grupo no se cuenta fuera de él. Pero hay una excepción: si se trata de un daño que está ocurriendo, de la seguridad de un menor o de una persona vulnerable, o de un peligro inmediato de que alguien se haga daño o dañe a otra persona, quien dirige no puede prometer confidencialidad absoluta. Por lo general, procurará hablar primero con la persona afectada y compartirá solo la información necesaria con quienes realmente puedan ayudar. Si hay menores o personas incapaces de protegerse, o si existe un peligro inmediato, no será necesario obtener primero su consentimiento: según la situación, se contactará a un pastor, a profesionales acreditados, a la policía local o a los servicios de emergencia o de salud. Si el peligro es inmediato, hay que pedir ayuda en ese mismo momento y no dejar sola a la persona.
Dinámica: ¿Qué habilidad aprendiste con algo de esfuerzo y dificultad? Por ejemplo, montar en bicicleta, nadar o cocinar. (Quienes vienen por primera vez también pueden responder.)
Sugerencia para quien dirige: plantea la pregunta con ligereza. Caerse unas cuantas veces mientras se aprende a montar en bicicleta es un recuerdo compartido por muchas personas. Esta pregunta prepara el tema de la “formación”.
Repaso de la lección (quien dirige lo lee en voz alta; aproximadamente 1 minuto, para quienes no hicieron la preparación previa)
En esta lección leímos Deuteronomio 8:1-18. Moisés dijo: recuerda que Jehová tu Dios te guio cuarenta años por el desierto para afligirte y probarte; te hizo tener hambre y te sustentó con maná para hacerte saber que el ser humano no vive solo de pan, sino de todo lo que sale de la boca de Jehová. Durante esos cuarenta años, tu vestido no se desgastó ni tu pie se hinchó. Jehová tu Dios te disciplina como un padre disciplina a su hijo. También advirtió: cuando comas hasta saciarte, puede elevarse tu corazón y puedes decir que tu poder y la fuerza de tu mano produjeron esa riqueza; recuerda a Jehová tu Dios, porque él te da el poder para hacer las riquezas. Como pasaje relacionado leímos Hebreos 12: el Padre de los espíritus nos disciplina para nuestro bien y después produce fruto apacible de justicia en quienes han sido ejercitados. Hoy hablaremos juntos sobre el Dios que enseña y forma a sus hijos.
1. Lean los versículos 1-6. ¿Cómo trató Dios a los israelitas durante los cuarenta años en el desierto? Según Moisés, ¿con qué propósito?
Sugerencia para quien dirige: los guio, los afligió y probó; los hizo tener hambre y también les dio maná. La ropa no se desgastó y los pies no se hincharon. Fue para saber lo que había en su corazón y para enseñarles que el ser humano vive de todo lo que sale de la boca de Dios. Dios los disciplinó como un padre disciplina a su hijo.
2. Lean los versículos 7-18. ¿Cómo era la buena tierra? ¿De qué peligro advirtió Moisés a los israelitas después de que comieran hasta saciarse?
Sugerencia para quien dirige: era una tierra con arroyos y manantiales, con toda clase de granos y árboles frutales, donde nada faltaría. Después de saciarse, habitar buenas casas y ver multiplicarse el oro y la plata, su corazón podía elevarse, olvidar a Jehová y creer que habían conseguido la riqueza por su propia fuerza. Debían recordar que él les daba el poder para obtenerla.
3. Lean Mateo 4:1-4 y después Hebreos 12:10-11. ¿Cómo respondió Jesús al diablo en el desierto? Según Hebreos, ¿para qué nos disciplina el Padre celestial?
Sugerencia para quien dirige: Jesús citó Deuteronomio 8:3: “No con solo el pan vivirá el hombre, mas con toda palabra que sale de la boca de Dios”. El Padre celestial nos disciplina para nuestro bien, para que participemos de su santidad. En el momento produce tristeza, pero después da fruto apacible de justicia.
4. Deuteronomio 8 describe los cuarenta años en el desierto como la disciplina de un padre. ¿Cómo explica Hebreos 12 que la disciplina del Padre celestial busca el bien de sus hijos? ¿Y por qué no podemos, a la inversa, llamar disciplina a todo sufrimiento?
Sugerencia para quien dirige: esta es la pregunta central de la lección; dale más tiempo. Un padre forma a su hijo para que crezca; permanece a su lado, y en el desierto hubo maná y cuidado por todas partes. En Cristo, los hijos ya no están bajo condenación. La disciplina del Padre celestial puede corregir un pecado real, pero su propósito es que participen de su santidad. En cuanto a una dificultad concreta, las Escrituras no nos dan autoridad para decidir arbitrariamente su causa. No nos apresuremos a emitir una sentencia sobre nosotros mismos o sobre otros (Juan 9:3).
5. (Pregunta opcional, si hay tiempo.) Moisés advirtió especialmente sobre el peligro después de “comer y saciarse”. ¿Por qué también necesitamos la enseñanza de Dios cuando todo va bien?
Sugerencia para quien dirige: cuando la vida va bien, fácilmente atribuimos todo a nuestra propia capacidad y nos olvidamos de Dios. Puedes preguntar: ¿en qué momentos sentimos más la tentación de decir “esto lo conseguí yo solo”?
6. Jesús venció la tentación en el desierto citando Deuteronomio 8:3. Hebreos dice que “por lo que padeció aprendió la obediencia”, y recorrió ese camino hasta la cruz. ¿Qué significa el camino de este Hijo para nosotros cuando atravesamos dificultades?
Sugerencia para quien dirige: Israel tropezó muchas veces en el desierto, pero Jesús permaneció fiel hasta el final. En él llegamos a ser hijos de Dios. Él recorrió el desierto; por eso, en nuestros propios desiertos no estamos solos y contamos con su palabra para sostenernos.
7. Al mirar atrás, ¿hay algún camino difícil en el que más tarde descubriste que habías aprendido algo? ¿O atraviesas ahora un desierto que todavía no comprendes? (Comparte solo hasta donde te sientas cómodo; quienes vienen por primera vez también pueden responder.)
Sugerencia para quien dirige: responde tú primero con un ejemplo propio. Algunas personas hablarán de lo que aprendieron; otras dirán: “Todavía no lo entiendo”. Agradece ambas respuestas y no te apresures a encontrarles un significado. Si alguien habla de un daño que sigue ocurriendo, actúa conforme a lo dicho en la apertura.
8. Esta semana, ¿cómo quieres responder a este Dios que es como un padre, ya sea en una dificultad o en algo que marcha bien?
Sugerencia para quien dirige: ayuden a concretarlo. En una dificultad, si aún tienes fuerzas, anota una gracia que todavía te sostiene y lee un pasaje de la palabra de Dios. Si ahora no ves nada, también puedes llevar a la oración las palabras “no logro verlo”, sin obligarte a encontrar una respuesta. Ante algo que marcha bien, di: “Esto me lo diste tú”, y comparte una parte con otra persona. La lista de acciones que sigue va en esta dirección.
Pide primero a una persona del grupo que lea lentamente Deuteronomio 8:2-5 y después Hebreos 12:10-11. Guarden dos minutos de silencio. Cada uno puede presentar delante de Dios un camino difícil que está recorriendo o algo favorable que está viviendo. Quien quiera puede orar con una o dos frases. Quien no desee hablar puede orar en silencio; eso también es oración. Quienes vienen por primera vez pueden escuchar en silencio, sin ninguna obligación de orar ni de expresar una postura. Para terminar, quien dirige puede orar por las personas del grupo que atraviesan un desierto. Las peticiones de oración permanecen dentro del grupo; los asuntos sensibles no se escriben en la aplicación ni se publican en el chat grupal. Por lo general, antes de dar seguimiento se pide el consentimiento de la persona y solo se anota en privado una o dos frases indispensables. Cuando está en juego la seguridad de un menor o de alguien incapaz de protegerse, o existe un peligro inmediato de suicidio o agresión, no es necesario obtener primero su consentimiento: hay que contactar de inmediato a los servicios locales de emergencia, a la policía o a una entidad adecuada de protección.
Pueden comenzar así (orientación para la oración):
Padre celestial, guiaste a Israel cuarenta años por el desierto: cuando tuvo hambre, le diste maná; su ropa no se desgastó y sus pies no se hincharon. En las dificultades solemos pensar que nos castigas y que ya no nos amas; cuando todo va bien, solemos olvidarte y creer que lo conseguimos por nosotros mismos. Enséñanos que el ser humano no vive solo de pan, sino de todo lo que sale de tu boca. Gracias porque Jesús permaneció fiel por nosotros en el desierto hasta el final y porque en él llegamos a ser tus hijos. Produce fruto apacible de justicia en nuestros desiertos. En el nombre de Jesús. Amén.
Después de orar, cada persona puede escoger una de las siguientes acciones para esta semana. Basta con elegir una; si por ahora no sabes cuál, no pasa nada.
No hace falta registrarlo ni informar a nadie. Quien quiera puede compartir la próxima vez cómo le fue. Si no pudiste hacerlo, lleva a la oración aquello que te lo impidió.
Pueden escoger la lección “La disciplina busca restaurar” (2 Corintios 2:5-11), o “Si Dios es amoroso, ¿por qué existe el sufrimiento?” (Lucas 13:1-5).