La gloria de Dios, Lección 24. Leer Isaías 6:1-8. Suponemos que Dios es tolerante y que el pecado solo consiste en pequeños defectos que no le importan demasiado
Pasaje principal: Isaías 6:1-8
Isaías vio en el templo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, mientras los serafines clamaban unos a otros: “Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos”. Su primera reacción fue: “¡Ay de mí! que soy muerto; que siendo hombre inmundo de labios”. Dios es santo y aborrece el mal; pero, en esa misma escena, un carbón encendido tocó los labios de Isaías: “es quitada tu culpa, y limpio tu pecado”. El pecado nunca es un defecto menor ante los ojos de Dios. Su santidad y su perdón se manifiestan juntos en la cruz de Cristo.
Muchas personas imaginan a Dios como un anciano amable: interviene en los asuntos graves, pero deja pasar los pequeños. ¿Quién no ha dicho alguna mentira insignificante, ha sacado una pequeña ventaja indebida o ha hablado de otra persona a sus espaldas? También solemos cambiarle el nombre al pecado: lo llamamos “defecto”, “costumbre” o “así es mi carácter”, y de ese modo parece mucho más ligero.
Isaías 6 relata un encuentro del profeta en el templo:
EN el año que murió el rey Uzzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas henchían el templo. (Isaías 6:1)
Encima de él había serafines. Cada uno tenía seis alas: con dos cubrían su rostro, con dos cubrían sus pies y con dos volaban. Incluso estos seres celestiales cubrían su rostro mientras servían. Unos clamaban a otros:
Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos: toda la tierra está llena de su gloria. (Isaías 6:3)
El hebreo puede repetir una palabra para intensificarla. Aquí, el triple “Santo” produce un énfasis extraordinario y destaca la santidad absoluta de Dios. Los quiciales de las puertas se estremecieron y la casa se llenó de humo (Isaías 6:4). Dios es santo: es distinto de todo lo creado y está completamente separado de todo mal.
La reacción de Isaías merece especial atención:
Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; que siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos. (Isaías 6:5)
En el capítulo anterior, Isaías había pronunciado seis veces “¡Ay!” contra otras personas (Isaías 5:8-22): quienes acumulaban tierras por codicia, quienes vivían entregados a los banquetes y quienes llamaban bueno a lo malo. Ahora, de pie ante el Dios santo, el primer “¡Ay!” lo dirigió hacia sí mismo. Es como entrar en una casa recién limpiada y descubrir entonces que nuestros zapatos están cubiertos de barro. Solemos considerar pequeño nuestro pecado porque nos comparamos con otras personas; Isaías vio con claridad lo que había en él cuando estuvo ante Dios.
El salmo habla con gran claridad: “tú no eres un Dios que ame la maldad: el malo no habitará junto á ti” (Salmos 5:4), y “aborreces á todos los que obran iniquidad” (Salmos 5:5). Dios aborrece el pecado porque contradice su carácter santo y justo, hiere a las personas que ama y destruye el mundo que creó. Su ira jamás es un arrebato descontrolado como la ira humana.
Pero el capítulo no termina con “soy muerto”.
Y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado. (Isaías 6:7)
El carbón encendido fue tomado del altar, lo cual recuerda el sacrificio y la purificación que Dios provee; el texto no explica de qué sacrificio se trataba. El punto está claro: Isaías no podía limpiarse a sí mismo; fue Dios quien tomó la iniciativa de quitar su culpa. Después, Dios preguntó: “¿A quién enviaré, y quién nos irá?”, e Isaías respondió: “Heme aquí, envíame á mí” (Isaías 6:8). Una vez purificado, Isaías oyó el llamado de Dios y respondió voluntariamente. El perdón no es una deuda que tengamos que pagar mediante el servicio; la gracia de Dios nos saca de la culpa paralizante y nos permite discernir su verdadero llamado y responder a él. Lo mismo ocurre en el Salmo 5: después de afirmar que Dios aborrece a quienes obran iniquidad, el salmista dice: “Y yo en la multitud de tu misericordia entraré en tu casa” (Salmos 5:7). Entra por la misericordia de Dios, no por estar limpio en sí mismo.
El Evangelio de Juan dice que Isaías habló así “cuando vió su gloria, y habló de él” (Juan 12:41), relacionando la gloria que vio Isaías con Jesús. Aquel Señor santo vino personalmente a cargar con el pecado: “Al que no conoció pecado, hizo pecado por nosotros, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21). Dios no rebajó su santidad para perdonarnos. En la cruz vemos a la vez cuánto pesa el pecado y cuán profundo es su amor. La cruz no nos permite tomar el pecado a la ligera, pero tampoco deja que la culpa nos devore: en Cristo, Dios juzgó el pecado y perdonó a quienes se vuelven a él.
1. “En el año que murió el rey Uzzías”. Uzzías reinó cincuenta y dos años (2 Crónicas 26:3). El reino llegó a ser fuerte, pero más adelante él pecó por orgullo (2 Crónicas 26:16-21). En el año en que murió el rey terrenal, Isaías vio al verdadero gran Rey.
2. “Santo”. La palabra original קָדוֹשׁ (qadosh) suele explicarse como “separado”: Dios es distinto de todo lo creado y está completamente separado de todo mal. El hebreo puede usar la repetición para intensificar una expresión; la triple proclamación produce aquí un énfasis extraordinario.
3. Dos clases de “¡Ay!”. En el capítulo 5, Isaías pronunció seis veces “¡Ay!” contra otras personas; en 6:5 lo pronunció sobre sí mismo. Cuanto más se acerca una persona a la santidad de Dios, con mayor claridad ve su propio pecado.
4. El carbón encendido del altar (6:6-7). El carbón fue tomado del altar, lo cual recuerda el sacrificio y la purificación; el texto no especifica de qué sacrificio se trataba. Isaías no aportó nada: Dios proveyó la purificación.
5. “Aborreces” (Salmos 5:5). El salmo usa palabras muy fuertes para describir la actitud de Dios hacia el mal. En el versículo 7 del mismo salmo, el autor entra en la casa de Dios por la multitud de su misericordia. La santidad y la misericordia de Dios no se anulan entre sí.
Una aclaración antes de comenzar (quien dirige la lee en voz alta)
Lo que compartimos en el grupo no se difunde fuera de él. Sin embargo, hay una excepción: si se trata de un daño que está ocurriendo, de la seguridad de un menor o de una persona vulnerable, o de un peligro inmediato de que alguien se haga daño a sí mismo o a otra persona, quien dirige no puede prometer confidencialidad absoluta. Por lo general, intentará hablar primero con la persona afectada y comunicará solo la información necesaria a quienes realmente puedan ayudar. Si hay menores o personas que no pueden protegerse, o existe un peligro inmediato, no será necesario obtener primero su consentimiento; según el caso, se contactará a un pastor, a profesionales cualificados, a los organismos locales de seguridad pública o a la policía, a los servicios de emergencia o a una institución de protección apropiada. Si el peligro es inmediato, hay que pedir ayuda en el acto y no dejar sola a la persona afectada.
Hoy hablaremos del pecado personal. Cada persona comparte solo lo que desea; no señalamos a nadie ni pedimos detalles.
Actividad inicial: Cuando entras en una casa recién limpiada, ¿miras instintivamente tus zapatos? ¿Quién es la persona más cuidadosa con la limpieza en tu familia? (Quienes vienen por primera vez también pueden compartir algo.)
Sugerencia para quien dirige: Pregunta con ligereza; probablemente provocará sonrisas. Prepara el camino para comprender que, en un lugar limpio, vemos con claridad el barro que llevamos encima.
Repaso de la lección (quien dirige lo lee en voz alta; dura aproximadamente 1 minuto y ayuda a quienes no hicieron la lectura previa)
Esta lección estudia Isaías 6:1-8. En el año en que murió el rey Uzzías, Isaías vio al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Los serafines clamaban unos a otros: “Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos: toda la tierra está llena de su gloria”. Isaías dijo: “¡Ay de mí! que soy muerto; que siendo hombre inmundo de labios”. Uno de los serafines tomó con tenazas un carbón encendido del altar, tocó sus labios y dijo: “es quitada tu culpa, y limpio tu pecado”. El Señor preguntó: “¿A quién enviaré?”, e Isaías respondió: “Heme aquí, envíame á mí”. El pasaje de referencia es Salmos 5: Dios no ama la maldad y aborrece a quienes obran iniquidad; sin embargo, el salmista entra en su casa por la multitud de su misericordia. Hoy hablaremos juntos del Dios santo que aborrece el pecado.
1. Lean los versículos 1-4. ¿Cuándo tuvo Isaías esta visión, qué vio y qué clamaban los serafines?
Sugerencia para quien dirige: En el año en que murió el rey Uzzías; vio al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Cada serafín tenía seis alas. Clamaban: “Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos: toda la tierra está llena de su gloria”. Los quiciales de las puertas se estremecieron y la casa se llenó de humo.
2. Lean los versículos 5-7. ¿Cuál fue la primera reacción de Isaías y cómo trató Dios su pecado?
Sugerencia para quien dirige: Dijo: “¡Ay de mí! que soy muerto”, porque era un hombre inmundo de labios. Un serafín tocó su boca con un carbón del altar y le dijo: “es quitada tu culpa, y limpio tu pecado”.
3. Lean el versículo 8 y después Salmos 5:4-7. ¿Qué preguntó Dios y cómo respondió Isaías? ¿Qué dice el salmo sobre la actitud de Dios hacia el mal, y por qué entra el salmista en su casa?
Sugerencia para quien dirige: Dios preguntó: “¿A quién enviaré, y quién nos irá?”. Isaías respondió: “Heme aquí, envíame á mí”. Dios no ama la maldad y aborrece a quienes obran iniquidad. El salmista entra en su casa por la multitud de su misericordia.
4. En cuanto Isaías vio al Dios santo, dijo: “soy muerto”. ¿Por qué, cuanto más claramente vemos la santidad de Dios, más claramente vemos nuestro propio pecado? ¿Cómo cuestiona esto la idea de que el pecado es solo un pequeño defecto?
Sugerencia para quien dirige: Es la pregunta central de la lección; dedíquenle más tiempo. En un lugar limpio, se ve hasta una pequeña mancha de barro. Solemos considerar pequeño el pecado porque nos comparamos con otras personas; Isaías estaba ante Dios. Pueden añadir que Dios aborrece el pecado porque hiere a quienes ama y destruye el mundo que creó. También pueden preguntar: ¿qué “pequeños defectos” están hiriendo en realidad a las personas cercanas?
5. (Pregunta opcional, si hay tiempo.) Al principio, Salmos 5 dice que Dios aborrece a quienes obran iniquidad, pero en el versículo 7 el salmista afirma: “Y yo en la multitud de tu misericordia entraré en tu casa”. ¿En qué se apoya para entrar? ¿Qué tiene esto en común con el carbón que tocó a Isaías?
Sugerencia para quien dirige: Se apoya en la multitud de la misericordia de Dios, no en su propia limpieza. Isaías también tuvo que ser purificado antes de poder permanecer en pie.
6. Después de ser purificado, Isaías oyó el llamado y respondió: “Heme aquí, envíame á mí”. ¿Cómo nos permite el perdón responder a Dios? Según 2 Corintios 5:21, ¿cómo nos perdona el Dios santo?
Sugerencia para quien dirige: El perdón no es una deuda que se paga mediante el servicio. La gracia nos saca de la culpa paralizante y nos permite discernir el verdadero llamado de Dios y responder a él. Dios no rebajó su santidad para perdonarnos: hizo pecado por nosotros al que no conoció pecado. En la cruz se manifiestan juntos el peso del pecado y la profundidad del amor.
7. ¿Qué clase de pecado tiendes a considerar poco importante? (Basta con mencionar una categoría; también puedes pensarlo en silencio. Quienes vienen por primera vez pueden mencionar algo que les parezca “sin importancia”.)
Sugerencia para quien dirige: Comparte primero y con sinceridad un ejemplo propio. No señalen a nadie ni pidan detalles. Recuerden también que algunas personas no toman el pecado a la ligera, sino que viven aplastadas por la culpa; con ellas, hablen más de 6:7.
8. ¿Cómo quieres tratar seriamente esta semana un pecado que has tomado a la ligera?
Sugerencia para quien dirige: Llévenlo a algo concreto: confesar específicamente ese pecado a Dios; si ha herido a alguien, pensar cómo asumir responsabilidad, pedir perdón o reparar el daño de una manera segura; también dar gracias por el perdón recibido. La lista de acciones que sigue parte de esta propuesta.
Pide primero a una persona del grupo que lea despacio Isaías 6:1-8. Guarden dos minutos de silencio. Que cada persona lleve ante Dios un pecado que haya considerado poco importante. Quienes lo deseen pueden orar con una o dos frases. Quien no quiera hablar puede orar en silencio; eso también es oración. Las personas que vienen por primera vez pueden escuchar y no tienen que orar ni expresar una postura. Al final, quien dirige cierra este tiempo e intercede por quienes viven aplastados por la culpa y por quienes están discerniendo un llamado. Las peticiones se quedan en el grupo; los asuntos delicados no se escriben en la aplicación ni se envían al chat. Para dar seguimiento, por lo general se pide primero permiso a la persona y después se anotan en privado solo una o dos frases necesarias. Si está en juego la seguridad de un menor o de alguien que no puede protegerse, o si existe peligro inmediato de autolesión o de hacer daño a otra persona, no hace falta obtener primero su consentimiento: hay que contactar de inmediato a los servicios de emergencia, a los organismos locales de seguridad pública o a la policía, o a una institución de protección apropiada.
Pueden comenzar así (orientación para la oración):
¡Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos! Toda la tierra está llena de Tu gloria. Confesamos que muchas veces tratamos el pecado como un pequeño defecto, nos comparamos con otras personas y pensamos que no estamos tan mal. Ante Ti, también hemos de reconocer que somos personas de labios inmundos. Gracias porque no nos abandonaste; gracias porque Jesús fue hecho pecado por nosotros, para que nuestra culpa fuera quitada y nuestro pecado limpiado. Haz que aborrezcamos el mal y que tratemos a las personas con Tu misericordia; después de recibir Tu perdón, ayúdanos a responder voluntariamente a Tu llamado. En el nombre de Jesús. Amén.
Después de orar, cada persona escoge una de las siguientes acciones para esta semana. Basta con elegir una; no pasa nada si alguien todavía no sabe cuál escoger.
No hace falta anotarlo ni rendir cuentas. Quien lo desee puede contar la próxima vez cómo le fue. Si no lograste hacerlo, lleva a la oración aquello que te lo impidió.
Pueden escoger la lección “El Dios lento para la ira” (Éxodo 34:1-9) o la lección “Dios, el Gobernante y Juez justo” (Salmos 146).